La dulce tortura de los 25

“Ay, la mina llorona”, me dirán algunos. “Si tenís 25 recién”. Voy a afirmar algo desde la experiencia: esta es la PEOR edad. Aún no tengo 26, ni 27, ni 30, ni 40, pero mi alma me dice que no hay nada peor que los VEINTICINCO.

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Me quieren casar

Una amiga me dijo que su mamá estaba esperando unos resultados médicos, de esos que no te dejan dormir por la noche. En esa estaba cuando de pronto, en medio de la angustia y locura ante la posibilidad de la muerte, le tomó la mano, puso ojos de cordero viendo una parrillada, y le dijo: “Hija, tengo que verte casada”.

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Escote: la vergüenza femenina

Revelaré una verdad que pocos saben. Algo que creí jamás me atrevería a admitir. Pero hoy desperté con ganas de revolver el gallinero, a si que LO DIRÉ: odio el escote. Odio esa pequeña, mediana, y no tan mediana revelación física que muchas mujeres eligen hacer. Odio cuando permiten que se les escape un borde del sostén, incluso cuando muestran una tira o cuando usan transparencias. En serio, o sea, a parte de ser medio ordinario, es peligroso y te hace merecedora de muchos apodos, entre ellos -el más recatado- el de DE-SU-BI-CA-DA.

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Abúrrete de decir no

Dime que no, para que piense en ti y me digas que sí (o algo así es la famosa canción). Todos los días tienen momentos en los que uno quiere hacer algo, y no puede. A veces por culpa, a veces porque es desubicado, a veces porque sería muy loco o simplemente porque es irracional y te pueden mirar feo. Todos los días hay algo que queremos hacer, y no podemos. ¿Te dio lata levantarte? pena, tienes trabajo. ¿Quieres hacerte un milshake de nutella?, pena, tiene muchas calorías y ya llevaste ensalada de almuerzo. ¿Encontraste mino a ese tipo que va paseando a un cachorrito? pena, no se conocen, nunca le has hablado y qué plancha mirarlo. Más penoso que te digan que no, es que uno mismo se lo diga todo el día.

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En esa Cuba que tanto escuché

Viajar es un deseo de todos. Trescientos cuarenta y nueve días trabajando, para lograr los tan ansiados quince días hábiles de libertad, sol, playa, montaña, libro, fiesta, alcohol, reposo. Vacaciones. Elegir dónde es enfrascarse en una aventura: qué lugar va a merecer toda esa plata que ahorré día tras día, noche tras noche y un ocasional fin de semana. El caribe siempre está en la mira. Sus playas, su gente, su fruta, su ritmo. Es de locos no querer ir, pero, PERO, hay un lugar al que no se va. Y al que se va harto al mismo tiempo. Es un destino que produce amor, que produce rechazo. Un destino bipolar. El top ten de unos, el por siempre desechado de otros. Y sí, me refiero a las tierras del popular señor Fidel.

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Lo difícil no irse, es volver

Terminar un viaje, una experiencia, esa vida relativamente paralela que creaste, tiene un sabor ambiguo. Por un lado están las iniciales ansias de volver, de ver a tu gente, de sentir esa rica bienvenida que solo tu familia y amigos te pueden dar. Nada mejor que volver a compartir un vino con tus hermanos, o un mojito con las amigas. Llamo a esas acciones “la rutina extrañable”. La vida social que uno conoce, que uno maneja, que te hace sentir en casa. Nada se iguala a ese primer momento, esas primeras horas, en las que ves esa expresión de tranquilidad y muy, muy sincera felicidad de tus papás, que siempre te esperan, estés donde estés. Volver tiene ese plus: es como un batido energético que te ayuda a limpiar de tu cuerpo la pena y la confusión de dejar ese lugar, ese viaje que por años o meses fue tu vida. Fue ese hogar que en cierto modo creaste tú.

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Planificación cero

No puedo recordar qué iba pensando, exactamente, en el avión. Sí sé que era una mezcla de pena por las despedidas, ansias, expectativas, temor, pesimismo, optimismo, dudas y también varias certezas. Irse es un momento de confusión extraño. Obvio que hay personas que se estampan una sonrisa tipo “ay estoy feliz, segura y esta es la mejor decisión de mi vida”, pero me atrevo a afirmar que TODOS al dejar sus tierras por un tiempo indefinido (cuando me fui no sabía cuándo iba a volver) tienen un porcentaje interno de inseguridad.

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La noche y los che

Dulce noche. Noche dulce. Pasar un fin de semana en Buenos Aires para muchos es sinónimo de locura. De excesos. Sexo, alcohol y drogas. Y sí, la verdad es que puede ser un poco así. Depende de ti. De tus valores. Pero como yo no tomo, ni hago esas otras cosas malas que nombré, diré otras cosas que he aprendido viviendo en esta ciudad que, dicen, nunca duerme.

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