Aborto: Chile, no eres tú, somos nosotras

Nunca me he embarazado. He tenido sustos. Sustos que persiguen a mis otros sustos. Pero, menos mal, ninguno de esos sustos ha sido real. Por eso he podido hacer lo que he querido con mi vida, y ya voy por mi segundo año viajando. Nunca he tenido que lidiar con tomar una decisión así, pero ¿y qué hubiese sido de mí, si hubiese, como dicen “abierto la piernas”? (porque o sea, tengo casi 28 y obvio que si nunca me he embarazado es porque sigo casta y pura, qué onda) ¿Si hubiese sido “irresponsable”? Porque para ese tema al parecer todos caminan en sobre un firme y bien grueso tejado de fierro.

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Limpiando baños: el sueño australiano

De rodillas. Fregar aquí. Enjuagar por acá. Raspar el moho de la ducha. Echar el líquido rosado, después el azul, finalizar con el verde. Secar el sudor. Estirar sábana uno, sábana dos, sábana tres. Palmaditas a las almohadas. Correr a la otra habitación. Volver a empezar. Ese, señoras y señores, es un resumen del trabajo que conseguí en esta aventura del sueño australiano.

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Los temores de una Working Holiday

Una persona feliz. Esas que huelen a descanso. Que ni se le forman arrugas. Que no sabe lo que es una preocupación. Una abeja que se posa de flor en flor engordando día a día con dulce miel. Vive sin responsabilidades, alteraciones, sus ojos están satisfechos de bellos paisajes y siempre conoce nuevos panales. “¡Ay, ya te vas con una de esas visas!”, “¡Que buen año sabático se te viene!”.

¿Te suena algo así?. Te apuesto que estás marcado por el sello de uno de los convenios bilaterales más atractivos del mundo: el de la Working Holiday.

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De verdad me fui

Estoy sentada en el asiento 96 de un tren que va a Núremberg. Antes de eso pasé casi dos horas y media en el asiento 16 A de un avión de Iberia que llegó a Múnich, lugar al cual aterricé después de deambular casi 7 horas en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid, primera parada que tuve tras unas 12 horas de viaje desde Chile en uno de esos asientos donde te hacen “leer” un folleto que debiese dejarte adiestrada en el arte de abrir la compuerta en el caso de que por esas cosas de la vida hubiese un aterrizaje forzoso y uno tuviese chances de salir ileso. A cambio te dan más espacio para tus pies.

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Me quieren casar

Una amiga me dijo que su mamá estaba esperando unos resultados médicos, de esos que no te dejan dormir por la noche. En esa estaba cuando de pronto, en medio de la angustia y locura ante la posibilidad de la muerte, le tomó la mano, puso ojos de cordero viendo una parrillada, y le dijo: “Hija, tengo que verte casada”.

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Escote: la vergüenza femenina

Revelaré una verdad que pocos saben. Algo que creí jamás me atrevería a admitir. Pero hoy desperté con ganas de revolver el gallinero, a si que LO DIRÉ: odio el escote. Odio esa pequeña, mediana, y no tan mediana revelación física que muchas mujeres eligen hacer. Odio cuando permiten que se les escape un borde del sostén, incluso cuando muestran una tira o cuando usan transparencias. En serio, o sea, a parte de ser medio ordinario, es peligroso y te hace merecedora de muchos apodos, entre ellos -el más recatado- el de DE-SU-BI-CA-DA.

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