Los temores de una Working Holiday

Una persona feliz. Esas que huelen a descanso. Que ni se le forman arrugas. Que no sabe lo que es una preocupación. Una abeja que se posa de flor en flor engordando día a día con dulce miel. Vive sin responsabilidades, alteraciones, sus ojos están satisfechos de bellos paisajes y siempre conoce nuevos panales. “¡Ay, ya te vas con una de esas visas!”, “¡Que buen año sabático se te viene!”.

¿Te suena algo así?. Te apuesto que estás marcado por el sello de uno de los convenios bilaterales más atractivos del mundo: el de la Working Holiday.

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Lisboa: un golpe de Fado

Día 2. Lisboa tiene siete barrios. Cada uno en cada colina. Poco antes de las 11 am llegamos al Barrio Alto donde teníamos reservado un tour gratuito con Sanderman. Necesitaba mi primera dosis de azúcar, a si que antes de partir las casi 3 horas de caminata, fui a comprar un pastel de nata en “A Padaria Portuguesa”, que después descubrí esa una cadena tipo cafetería donde venden todo tipo de deliciosos pasteles.
Mi idea era probar muchos de estos pastelitos –que son los típicos– para que cuando fuéramos a la pastelería de Belem, lugar que engendró su fama, mi paladar pudiera comparar exitosamente. Cuando a dulces se refiere, exijo perfección.

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Pulpo, colinas y sardinas en Lisboa

Día 1. Pulpo. Un pulpo asado, con un toque de aceite de oliva y papas horneadas. Apenas aterrizamos en el aeropuerto con la Cata –partner en crimen– ambas sabíamos que queríamos comer. Y rápido. Pero Lisboa castiga a aquel que apurado llega a sus tierras. Le pone obstáculos. A veces lluvia, filas, pero siempre, siempre pone interminables e empinadas escaleras o subidas. He allí su apodo, lindo en concepto, terrible en la práctica, “la ciudad de las siete colinas”.

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Mi bella, loca y estúpida Praga

Estoy aburrida de escuchar “es que es la ciudad más linda de Europa”, “es que acá está la mejor cerveza”, “es que te vas a enamorar de este lugar”, “es patrimonio de la UNESCO”. Parece que todo es lindo, todo es encantador y todo es patrimonio. Y Praga tiene la mitad de la sección en esta librería. Es como ese hombre encantador, sabroso, que ha sido probado una, otra y otra vez. El “viajero” actual trata de huir de este tipo de destinos porque está lleno de “turistas” (como si uno no lo fuera). Persigue esa colina abandonada que no aparece en TripAdvisor, que no tiene souvenirs ni selfie stick. Praga es el némesis de lo exclusivo, único, nuevo.

Y a quién le importa.

A Praga la vería mil veces más.

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De verdad me fui

Estoy sentada en el asiento 96 de un tren que va a Núremberg. Antes de eso pasé casi dos horas y media en el asiento 16 A de un avión de Iberia que llegó a Múnich, lugar al cual aterricé después de deambular casi 7 horas en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid, primera parada que tuve tras unas 12 horas de viaje desde Chile en uno de esos asientos donde te hacen “leer” un folleto que debiese dejarte adiestrada en el arte de abrir la compuerta en el caso de que por esas cosas de la vida hubiese un aterrizaje forzoso y uno tuviese chances de salir ileso. A cambio te dan más espacio para tus pies.

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