Aborto: Chile, no eres tú, somos nosotras

Nunca me he embarazado. He tenido sustos. Sustos que persiguen a mis otros sustos. Pero, menos mal, ninguno de esos sustos ha sido real. Por eso he podido hacer lo que he querido con mi vida, y ya voy por mi segundo año viajando. Nunca he tenido que lidiar con tomar una decisión así, pero ¿y qué hubiese sido de mí, si hubiese, como dicen “abierto la piernas”? (porque o sea, tengo casi 28 y obvio que si nunca me he embarazado es porque sigo casta y pura, qué onda) ¿Si hubiese sido “irresponsable”? Porque para ese tema al parecer todos caminan en sobre un firme y bien grueso tejado de fierro.

En este tema es todo o es nada. Me pregunto si esos que gritan “cierra las piernas” será que nacieron con un botón de apagado. Que están bajo tal entrenamiento que tienen todas sus emociones controladas. Nada se les escapa. Pues claro, cómo se van a desbordar ante un sentimiento tan básico y arcaico, tan natural e intrínseco en el ser humano, como es el de desear a alguien. Querer sexo. Hacer el amor. Llámenlo como quieran. Les cuento que toma solo un momento. Un momento que puede voltear tu vida, todos tus planes y todos tus sueños. Puede ser irresponsabilidad, donde ninguno de los dos se cuidó, puede ser mala suerte, lo que no debía romperse se rompió, puede ser una desgracia: al anticonceptivo no funcionó. No importa cómo, el resultado es el mismo: un mujer embarazada contra su voluntad.

Y claro, siempre es su culpa suya y de sus alocadas y dinámicas piernas, pero eso es tema para otro post.

Cuando dije por primera vez mi postura ante el aborto, una persona me dijo “y tu crees que un hijo te podría hacer infeliz?”. Y pensé en eso que TODO el mundo dice. Que un hijo te cambia la vida y es lo más maravilloso que puede haber. Dije que si quedase embarazada, aunque no hubiese querido, claramente amaría a mi hijo o hija y hallaría la forma de ser feliz. Me hubiese obligado a serlo, porque más opciones no tenía. Legalmente asumir, bajar la mirada y lidiar con nueve meses de embarazo indeseado, es mandatorio. En Chile es eso o esa maldita carta peligrosa, clandestina, solitaria e ilegal: comprar el famoso Misotrol. Una pastilla que además de poder dejarte efectos secundarios aterradores, iba a tener, igual que muchas chilenas, que tomarla sola o con alguna amiga valiente que aún pudiera mirarme a los ojos mientras las contracciones, el dolor y el aislamiento hacían un trabajo por el que uno podría terminar en la cárcel. Pienso en todas las mujeres que eligieron ESTO. En cómo serían de grande sus NO ganas de ser mamás, sea por la razón que sea. Porque a la sociedad se le olvida, al parecer, que para ser mamá hay que tener ganas. Muchas ganas, de hecho. Pienso en esas que terminaron desangrándose en el hospital, en esas que lloraron sin parar por culpa del dolor de esas contracciones clandestinas, en esas que que incluso, tal vez, quedaron con secuelas tan eternas, que ya no tendrán la opción de tener otro hijo nunca más. Pero, ¿les digo qué? estoy segura que aún así, a pesar de todo, cuando vuelve la calma y el tiempo pasa, ellas logran ser felices otra vez haciendo la vida que eligieron y no la que no tuvieron opción de rechazar.

Cómo se atreven, me pregunto. Cómo se atreven a forzar una decisión así. He vivido en Estados Unidos, Alemania y Australia. Países donde toda mujer sabe que el mundo no se acaba ante un embarazo no deseado. Países donde es un tema que se trata con cuidado, porque, claro, no olvidemos que es un tema que en toda tierra, país y ciudad se ha tratado con polémicas y extremismo. Se apoya o no. Así de simple. Aún así no dejan de impresionarse cuando les digo que en Chile podrías, de verdad, terminar en la cárcel. “Cómo es posible que la mujer y sus decisiones valgan tan poco”, me dicen. Cómo tan arcaicos, irrespetuosos. Yo tuve una época en la que me escandalizaba. Pensaba que abortar era asesinato. Pensaba que la mujer apenas quedaba esperando, algo poco menos que sagrado ocurría. Algo inevitable y que debía seguir su curso a toda costa, independientemente del significado en la vida de esa pobre ciudadana afectada.

Estaba trabajando en un centro de Sky en Estados Unidos, allí por el 2013, y una amiga me confesó que estaba con atraso. Ella es gringa. Me preocupé, le pregunté que qué iba a hacer si resultaba que estaba embarazada. “Obvio que abortar, no tengo ningún hueso de mi cuerpo que quiera ser mamá ahora”. Yo me escandalicé, la forma tan natural en que lo dijo, tan segura de su decisión. Pensé en lo inhumana, descorazonada e insensible que esa cultura había criado a mi amiga. Cinco años me tomó llegar a entenderla. Entender que no es una “pobre ciudadana afectada”. Que es una persona. Que es una mujer. Que es una mujer con planes, sueños y deseos. Y que tiene derecho a ir por ellos, que tiene derecho a preguntar y reflexionar consigo misma “¿estoy preparada?” “¿Quiero esto para mi?” y no sentirse humillada, avergonzada…o una homicida.

Me crié en colegio de monjas y estudié en universidades consideradas conservadoras. Tengo todas las herramientas para ser “pro-vida” (porque claro, todo el resto es pro-muerte), creer que el alma se apodera inmediatamente de ese mix entre el espermio y ovocito, de creer en el embarazo como algo sagrado e inalterable, cautelado bajo la atenta mirada de Dios. Dios. Al final todo está en ÉL. La discusión se provoca por si se es creyente o no. Pero es más, va más allá de Dios, es la Iglesia y sus “convicciones” las que nos tienen mirándonos entre ceja y ceja. La que provoca discusiones, enemistades y el que yo esté escribiendo este artículo en mi blog. Ellos dicen que abortar es pecado porque en el segundo de la concepción hay vida, y la vida hay que protegerla porque es sagrada, por ende interrumpirla es asesinato.

Y el asesinato, según el Estado, es delito.

¿Por qué algo que es una creencia, la ley lo transforma en un hecho, en algo real?

¿Por qué nos meten a todos en el mismo saco?

Y lo más importante: ¿¡Por qué somos las mujeres las perjudicadas!?.

En todo el debate que se está llevando a cabo en el parlamento argentino, una diputada dijo algo así: “Yo entiendo que todos tengan sus opiniones personales, sus creencias. Respeto eso y es válido, pero por qué eso tiene que afectar con un tema que es del área PÚBLICA”.

Es tan simple como si tú no estás de acuerdo con el aborto, no abortes jamás. Nadie te va a obligar. Nadie te lo va a insinuar. Es tu opinión, se respeta. Es TU decisión. Viajemos a China por un momento. ¿Quién no se ha escandalizado por las reglas que el Gobierno ha tenido? ¿Por su regla de un solo hijo? ¿Por inducir de manera insistente a abortar si es que osas a embarazarte del segundo?.

¿Cómo se siente que por un “tema de población”, te estén quitando la posibilidad de ser mamá?.

Y, ¿cómo se siente que por un “tema de creencias”, te obliguen a serlo?.

Estamos rodeados de culturas tan diferentes como colores. Hay lugares donde las vacas son sagradas, donde mantener la piel blanca es tan importante que no importa ir totalmente tapado por una calle donde hacen casi 40 grados, donde las mujeres deben tapar su pelo,

Cada país, sociedad y persona verá cuando ya hay un punto de esas leyes y reglas que no calza con lo que está pasando en las calles. Con la gente. Irlanda y Argentina, por mencionar algunos, ya no son los mismos. Están cambiando. Están aburridas de tener que andar a escondidas comprando pastillas por internet, de tener que andar gastando todos los ahorros para pagarse un viaje a otro país, de poner en riesgo su vida con técnicas mórbidas que siempre terminan mal.

Estamos aburridas.

Soy chilena y también estoy aburrida. Estoy cambiando. ESTAMOS cambiando. Ya no somos las mismas. Chile, no eres tú, somos nosotras y lo siento si no te gusta lo que te queremos decir, pero me vas a tener que escuchar:

En Chile el aborto se VA a despenalizar.

Es cosa de tiempo.

Es cosa de seguir hablando.

De seguir escribiendo.

De seguir marchando.

Si hubo un tiempo para ser hinchapelotas, es este.

Asi que chiquillas, hinchemos como nunca hemos hinchado.

Démosle no más.

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