Marruecos: Fez a la vena

Desperté a eso de las 4am. Un bicho pertubó mi sueño. Pasaron los minutos y el insecto desapareció, más mi insomnio permaneció conmigo. No quería admitir que estaba nerviosa, pero el cuerpo habla por sí solo. Días atrás ya mi estómago comenzó a dar señales de ansias. Mi corazón tenía momentos en los que parecía querer correr una carrera, y mi cabeza sufría de periodos nebulosos. Hace rato que un viaje no me daba esta avalancha nerviosa de emociones: revisar el pasaporte, chequear las cosas de la mochila, leer hasta la madrugada cómo vestir, con quién hablar, como actuar. Ir a Marruecos fue como recuperar mi virginidad viajera.

Elegí Marruecos porque es barato. Así de básico fue mi argumento. Pensé en ir Islandia; ya saben, arrendar auto, pasear por esos paisajes vírgenes y perseguir aureolas boreales. Pero opté por dejar ese sueño para la Anita del futuro –pobre, sigue esperado.

Marruecos parecía cumplir con todo: buen clima (fui en noviembre, calor normal de día, viento refrescante de noche), infinitas cosas para hacer, distinto, exótico….y ¿peligroso para una viajera solitaria?.

Leí harto sobre Marruecos. Que cómo se vestía la gente, cómo era el trato con los hombres, la comida, el transporte, etc… creo que fue la primera vez que leer me desinformó. Decían que era uno de los lugares más peligrosos para una mujer viajando sola. Las dudas se instalaron en mi cabeza: ¿cómo me tengo que vestir?, ¿es mejor no mirar a los hombres a los ojos?, ¿si estoy perdida, es mejor que hable solo con las mujeres?, ¿debo ignorar a los niños que quieren “ayudarme” en el camino?, ¿debo ir al hostal apenas se esconda el sol?, ¿me pongo un anillo y me invento un esposo?.

Lo bueno es que ahora tengo la respuesta a todas esas preguntas.

Yay.

FEZ.

Mi vuelo fue directo desde Sevilla a Fez. La seguridad para abordar fue inesperada. Llegué a la puerta de embarque, café en mano, y había un fila de esas que sabes que van a quitar años de vida. Quedaba unos 30 minutos para que el vuelo despegara y la demora era porque había un puesto de verificación de identidad exclusivo para ese vuelo (como si no bastara las 3 veces que te chequean antes de llegar a ese punto). A si que allí estaba, en medio de un grupo de argentinos sobre excitados y un señor pequeño, grueso, de barba negra muy larga y mirada poco amigable. Ya en la fila empecé a familiarizarme con el hiyab que usaban las mujeres. Pensé que esas eran mis últimas horas libre de algún pañuelo envolviendo mi cuello.

Al llegar tuve suerte y me sumé a un grupo de turistas para compartir un taxi. Mi hostal quedaba a cinco minutos de la Bab Jeloud (puerta azul), una de las entradas principales a la medina, el centro de la ciudad. Al bajar del taxi quedé sola y mi corazón estaba a mil. A mi lado corrían niños, un grupo de mujeres me miraba y los taxis recogían y dejaban pasajeros. Todo se movía, menos yo. Estaba estática con una mochila de 55L azul brillante sobre mi cabeza. No me atreví a sacar mi celular. Entre por una pequeña a la medina. Sentí que todos me miraban. Recuerdo ese primer encuentro con mucha incertidumbre, emoción y miedo. Una amiga me advirtió que quizás me gritarían “sharmuta” (puta, prostituta) al verme sola y con ropa occidental.

Pero eso jamás pasó.

Todos seguían su ritmo y yo ya había permanecido varios minutos estática, sin saber bien qué hacer. Una señora de edad estaba sentada en el suelo contra la pared. Vendía cebollas.  Le pregunté si conocía el Hostal Dar Rabha (¡Lo amé!). Se paró y me indicó con sus manos unas largas escaleras que bajaban frente mío. Un hombre la escuchó y me hizo señas para que lo siguiera por unas escaleras donde pasaba absolutamente nadie. Allí estaba, mi primera prueba. Yo sola confiando en un hombre desconocido.

Lo seguí.

Bajé cautelosa, a dos metros de distancia de él y lista para tirarle todos los kilos de mochila encima si veía algo sospechoso. Me indicó que tenía que continuar por un pasillo de lo más abandonado y muy lúgubre (uno ve las cosas así cuando está llena de miedos). Por mi cabeza pasó la idea que quizás habían hombres esperando del otro lado, listos para drogarme y venderme en el desierto. El tipo me hizo las últimas señas, insistiendo y siguió su camino. Vi que no había nadie cerca de mí, a si que me metí, doble y vi un largo pasillo donde al final se veía lo que podría ser un lugar donde vivía gente. Había llegado a mi hostal, sana y salva. Claro que con el pasar de los días descubrí que estaba a dos minutos de la entrada principal, que era muy fácil llegar y que mi dramatismo interno me había jugado una mala pasada.

Era noviembre. Otoño, entrando al invierno. Recomiendo esa fecha porque hay un calor soportable día, y brisa fresca en la noche. Oscurece alrededor de las 18 horas. Llegué tipo 17.00 y  aproveché de salir a caminar porque “tampoco iba a salir sola de noche”. Del hostal me mandaron al Nahgam Café –todos los riad, hostales, hoteles suelen tener restoranes, guías y tiendas con las que hacen convenios que jamás lo benefician a uno–, restorán con una terraza muy grata. Por 75 DHR (10 DRH: 1EURO) te dan un menú que incluye entrada (ensalada o sopa marroquí), plato principal (Tajin de algún tipo) y postre (por lo general, fruta). Regateando te pueden incluir la bebida. Este suele ser el precio en todos los locales dedicados a turistas. Aconsejo sacar talento para el regateo y pedir descuento. Yo los primeros dos días pagué precios normales, después no volví a pagar más de 55 DHR por un menú (más el bebestible).

Terminé por comer una ensalada de cuscús y un jugo natural de manzana. Los jugos son naturales, y las frutas allá son tan ricas que la base de mi alimentación fueron jugos de manzana, shake de avocado (es GLORIOSO) y, para revivir en las mañanas, una mezcla de granada con naranja en cualquier puestito callejero. Sin saber de las delicias que acechaban mi futuro, observé cómo el sol se escondía y se prendían las luces de la medina con la zona peatonal más grande del mundo, patrimonio de la humanidad.

Deambulando post comida conocí a Mohamed, un joven de 25 años que me contó su historia. Había decidido omitir el miedo y las cosas que había leído y acepté conversar con él cuando se me acercó, aunque fuera hombre, aunque fuera de noche. Su historia, creo, puede explicar mucho el por qué hay tantos niños solos, pidiendo dinero en las calles: padres separados, madre que fallece, él queda solo, lo recibe otra familia, trabaja desde niño hasta el día de hoy, que es garzón y anfitrión del restorán. Todo el día lo veía allí. Trabajaba 12 horas, 7 días a la semana. Siempre que pasaba me saludaba, me preguntaba qué había hecho en el día, que si necesitaba ayuda, etc. Le gustaba practicar su español conmigo.  Fue en su restorán donde probé dos de mis tres comidas preferidas: la sopa harira y la pastilla, que es como una empanada con cobertura dulce y rellena de pollo especiado con semillas. EXQUISITA. El lugar se llama Café Laglali.

Mi tercera comida preferida es el…ejem…ya bueno, lo escribiré: MSEMEN!
Es dulce. Es suave. Te satisface. Ideal para el desayuno, merienda y té de media tarde. Ñam!

[Dato] La comida en Marruecos es barata, pero no es fácil obtener el precio “local”. Es inevitable que al verte, siempre van a tratar de cobrarte el precio turista, que tampoco es de locos, pero sí es muuucho más alto. Sí en los locales más de paso te pueden respetar esos precios, pero en restoranes por lo general te cobrarán, mínimo y después de mucho regateo, 50 DHR. Regatear es la clave. Hay que ir con paciencia y tiempo a hacer las compras. Lo otro que puede economizar el tema es hacerte amigo de un local y que esa persona haga las compras por ti (comida, ropa, etc).

[Dato 2] Es sorprendente que entre medio del mercado local, la gallina a la espera de ser degollada, el burro de carga que te mira como diciendo “hasta cuando van a sacar una ley para mi”, hay lugares que te devuelven a toda la cultura occidental. Cafés, restaurantes latinos, comida internacional. Los últimos dos años Fez está cada vez más a la moda. Escribí un artículo para el diario La Tercera, en Chile, “Los nuevos aires de Fez”, detallando los lugares nuevos y vanguardistas que han aparecido. Se los dejo aquí por si alguno quiere ir a probarlos.

***
Al día siguiente me sumé a un tour guiado compartido (50 DHR) porque había leído tanto que la medina era un laberinto que pensé que sería bueno hacerme una idea de el. Fue por lejos fue la mejor idea. Pero no por el guía, que era un señor medio viejo que no nos dio ningún dato cultural e histórico, sino que se dedicó a pasearnos de tienda en tienda, lo que no está nada mal para una altamente peligrosa consumista como yo. Y les debo adelantar algo: Marruecos tiene hermosos lugares, muchos tips culturales, pero no te dejes engañar si crees que no querrás mirar todas y cada una de las cosas que venden. No hay que ser iluso, porque comprar ALGO, es una inevitable realidad.

El punto más alto fue ir a ver la más grande las de las curtidurías, la más famosa del país, Dar Dbagh al Chauara. Allí es donde preparan y hacen el cuero. La medina tiene más 300 barrios y 9.000 callejones, por lo que un guía no hace mal si se quiere ir a un lugar específico. El lugar no podría definirlo como bello, pero sí increíble. Exótico. En una especie de piscinas pequeñas, redondas como un yacuzzi natural, tienen remojando el cuero por semanas, primero en cal y excrementos de paloma (sí, tal cual), después en una solución de aceites y curtientes naturales, y finalmente se les da el color con pigmentos vegetales (ese amarillo fuerte proviene del azafrán). El olor es inolvidable. Te perseguirá por días.

Claro, nadie te cuenta bien cómo funciona todo. Mendigamos información entre los del mismo grupo, y algún que otro marroquí que caminaba desprevenido por allí. Para bajar, POR SUPUESTO, hay que atravesar toda la tienda con productos frescos. Un paraíso de pañuelos, babuchas, bolsos, carteras, billeteras. Un vendedor me descubrió distraída y terminé pagando 120 DHR por una bufanda producida, teóricamente, de cactus. Dicen que hay que prenderle fuego para comprobar la calidad. Aún no me atrevo.

Lejos, lo mejor, fue el grupo que conocí. Ese tour armó un grupo de esos con el que después formas otro, pero en el Whatsapp. Me hice muy íntima de la Adriana, una colombiana con una historia de teleserie turca-venezolana-mexicana que nos entretuvo por horas con su muy dramática vida, con Camilo, colombiano de Bogotá dedicado a negocios dudosos, pero tierno como oso panda. Cristián y Elisa, una pareja española-ecuatoriana que llevan 10 años juntos. Otro chico español, Albert, el famoso Tomás, un búlgaro que nunca entendió lo que hablamos pero acompañó a todo y se perdió en reiteradas ocasiones, creando #dondeestatomas y mi partner colombiana, otra mujer que se atrevió a venir sola porque era el sueño de su vida conocer este lugar del mundo, Sandra, quien fue mi compañera de viaje por las siguientes dos semanas. 

Al atardecer quisimos aventurarnos por fuera de la medina. Caminamos y caminamos. Llegamos, sin querer, al Palacio del Rey, al cual se puede entrar nunca. Es una de las tantas casas que tiene el Rey Mohammed VI. Va a cumplir 20 años en el poder y por la cantidad de fotos y cuadros en cada esquina, es muy amado. Tratamos de tomar tímidas fotografías ya que habían tres guardias mirando muy serio. Me acerqué y le pregunté si podíamos hacer fotos. Sorprendentemente dijeron que sí y hasta se corrieron de nuestra toma.

Nuestro día culminó con la búsqueda del elixir de la vida, prohibido por esa zona, alcohol. No sé por qué todos tenían la idea que en el supermercado, Carrefur, iba a tener. Dicen que hay una sección oculta solo para turistas, pero nosotros jamás la encontramos. Ni una mísera cerveza. Compré una palta (aguacate) y queso por 10DHR (muy buena forma de ahorrar).  Preguntando nos dijeron que solo en los hoteles para turistas podíamos encontrar. A un par de cuadras estaba el Hotel Barceló que por la sencilla suma de 50 DHR te daba una copa de vino, o una cerveza, además de unas papitas y aceitunas. Mi meta era no tomar en todo el tiempo que iba a estar allá (para qué?), pero lo estábamos pasando tan bien que fue imposible dejar ese momento pasar.

***
Cerca de Fez –bueno a 70 km– están las ruinas romanas mejor conservadas. Es del siglo III a.C (Wow!). La verdad, no tenía idea de este dato. Seré honesta: mi tercer día fue de total improvisación. El grupo con el que estaba quería ir a Meknes, una de las ciudades imperiales de Marruecos menos turística. Fue su capital el siglo XVII. La gracia es que muy bonita, pero más calmada y “relajante”. Fuimos hasta la estación de trenes, Gare de Fès, pagamos 20 DHR y en 40 minutos llegamos a la ciudad. Rápidamente un guía –no oficial- nos embolinó la perdiz y partimos a conocer la medina con él. La realidad es que en lo personal no hubo ninguna novedad. Fuimos un sábado y todos los zocos (tiendas) estaban cerrados. Creo que es primera vez que escribo algo así, pero no le encontré ninguna gracia a Meknes. En lo personal es mucho mejor perderse 3 días en la medina de Fez. Pero lo bueno llegó después.

El señor guía, como buen negociador, nos ofreció hacernos contacto con unos Grand Taxi para ir hasta Volúbilis, los restos arquitectónicos romanos que mencioné antes. Ya que ahora estábamos a solo 33 km y cuándo más se van a ver cosas así, aceptamos. Cada taxi nos cobró 350 DHR por todos (5 o 6 personas por auto) y a la vuelta nos dejaba frente a la Puerta Azul en Fez. En ese viaje por fin se hizo realidad uno de los mitos: los marroquíes son un peligro detrás del volante. Recé muchas ave y padre maría.

El lugar era caluroso. En verano debe ser el invierno en vivo. Rechazamos un guía porque nos pusimos rebeldes (¿) pero en realidad porque solo teníamos un poco más de una hora para recorrer. Era una zona seca, con interesantes restos de cosas que volvería a loco a un arqueólogo. Sin alguien que te explique qué es qué de manera dinámica igual puede ser que se pierda el sentido, pero aunque nunca supe a ciencia cierta sobre qué estaba caminando, me creí romana por unos minutos.

Al regresar, nunca entendí por qué, nos hicieron bajar en un lugar con tiendas y un tipo nos empezó a guiar por unas escaleras infinitas. Subimos, subimos y subimos. Creo que habían dos en el grupo que entendían a dónde íbamos, el resto se miraba entre extrañado, curioso y con cierta rabia conforme ascendía el número de escaleras. Finalmente supe que la idea era llegar a unas terrazas a ver el lugar, pero como no veíamos nada y solo nos cansabamos más, nos enojamos con el desconocido que nos guiaba porque pensamos que nos estafaba. Después tratamos de seguir por nuestra cuenta, nos perdimos, y un niño nos ayudó a volver a la plaza. Nos fuimos indignados y sin comprender por qué demonios habíamos ido a perder tiempo a ese pueblo.

Tiempo después me enteré que ese lugar es el más famoso para peregrinar de Marruecos. Se llama Mulay Idrís. Es su lugar más santo. Van para allá para obtener la bendición de Mulay Idrís II, antiguo rey de Marruecos que fue santificado ya que cinco siglos después de su muerte se encontró su cuerpo en perfecto estado. Los no musulmanes no podíamos entrar hasta el siglo XX, ahora solo tenemos prohibido el acceso al Mausoleo donde están los restos.

La ignorancia tiene un alto e insoportable precio.

Lema viajero: “La improvisación nunca es buena, mata el viaje y lo envenena”.

En la noche le dijimos a un tipo que queríamos tomar vino, nos llevó a la cima de una terraza y en unas botellas de coca cola nos sirvió un vino de dudosa procedencia, pero que dadas las circunstancias, fue como tomar oro.

Al día siguiente muchos seguían su camino. Era hora de despedirse.

***
Siete días pasé en Fez. Cuando tomé el bus para partir rumbo a Chefchaouen, recordé esa sensación de desconfianza que me apresó las primeras horas. Qué ridículo lo que pueden hacer los prejuicios, la desinformación. La verdad es uno nunca sabe bien qué se encontrará hasta que está allá. Llegué a la defensiva, pero Fez me desarmó en un par de horas. Sí, los vendedores serán incansables e insistentes. Sí, se van a acercar hombres desconocidos a preguntar sobre ti. Sí, te van a mirar. Pero eso no quiere decir que haya peligro. Caminé sola, acompañada por otros viajeros, por locales y nada pasó. Entré a todas las tiendas, callejeé todas las esquinas y no sentí más peligro que en cualquier otra ciudad. Como en todos los países, procuré no estar sola de noche. Jamás me puse anillo, ni me inventé marido. Me vestí como me visto siempre, jeans, polera -y a veces pañuelo pero solo porque pucha que dan ganas de usarlos allá-, hablé con los hombres, las mujeres. Tomé té con algún que otro vendedor. Solo sé que después del primer día en Fez, sentí que Marruecos ya era mío para conquistar. Lo bueno es que aún me quedaba Chefchaouen, Essauira, Assilah, el Desierto del Sahara y Marrakech.

 

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