Cara a cara con Sydney

Pura luz. Igual me tenté y abrí la ventanilla varias veces durante esas 14 horas de viaje. Quedé ciega por varios minutos y además recibí miradas de odio puro de parte de los pasajeros dormilones. Quizás me lo merecía, quizás no, pero no podía evitarlo: frente a mi estaba la pantalla indicando en qué punto de la ruta estábamos y yo no podía dejar de creer que tal vez, con un poco de suerte, iba a poder ver la Antártica.

Qatar me dio una experiencia maravillosa. Me tocó unas de las pocas corridas de asientos de solo dos personas, además de tener un enorme hueco a mi izquierda, entre mi asiento y la ventana, donde pude estirar por primera vez mis pies en un viaje. Además mi compañera de asiento era pequeña y fácil de saltar en caso de necesitar el WC. La comida iba y venía, igual que el vino y las series. No escuché ningún adorable niño gritar, llorar o el ronquido de algún pobre desgraciado con obstrucción nasal. Hay gente que cree en los signos, en los ángeles, el mal de ojo, yo creo en la espiritualidad de los vuelos: si un país te va a querer te va a dar un buen vuelo, sin atrasos, sin problemas. Si no, bueno, al mal tiempo buena cara.

Me embargó un no sé qué cuando empezamos a aterrizar. No podía creer que en unos minutos iba a estar en Sydney. En Australia, empezando esa Working Holiday Visa que hace ya cuatro años me zumbaba en el oído cual zancudo. Sufro de un ligero retraso viajero: no me la creo hasta que llego. Compro pasajes, no me la creo. Estoy en mi fiesta de despedida, no me la creo. Hago la fila para abordar, no me la creo. Avisan que aterrizamos, no me la creo. De pronto salgo con mis maletas y ojeras, estoy en un aeropuerto totalmente desconocido y una teja me cae en la cabeza: Anita, estás en otro país.

Aquí daré mi primer y MÁS importante consejo. Sé que muchos lo saben, pero hay otros que seguimos cometiendo los mismos errores. Me pregunto cuándo dejaré de tropezar con la misma piedra.

TODA MALETA, MOCHILA Y EQUIPAJE ES TU ENEMIGO.

Si me preguntas cuántos kilos recomiendo llevar para un viaje de un año o más te diré: máximo, pero MÁXIMO, 20 kilos. Después de eso tu vida será una tortura. Nada bueno viene después de los 20 kilos. Yo me vine con un poco más de 40. Una maleta grande, otra mochilera de 55 litros y una generosa de mano, además de mi computadora y un bolsito. Me transformé en un burro. La gente me apunta y se ríe. Además de la incomodidad y la constante necesidad de pedir ayuda, he sufrido humillaciones que nunca olvidaré: como cuando estaba en la fila para entregar mis maletas para ir a Cairns desde Sydney y, obviamente, no se me ocurrió nada más lógico que usar un vestido strapless mientras acarreaba todo mi harem de maletas y un señor me dice que tengo que imprimir los ticket del equipaje en una maquina a un par de metros más allá. Saco mis cosas para dejarlas en mi puesto en la fila y me doy cuenta que mis pechugas están al aire porque el vestido ingrato no me avisó y se le ocurrió hacer una pequeña bajada que yo, entre sacarme y ponerme la mochila, no noté hasta que sentí que mi brazo tocaba piel donde debí haber sentido algodón.

PERDIDA DE DIGNIDAD TOTAL. Relato esto solo con el fin de informar y advertir.

Nada bueno pasa después de los 20 kilos.

DÍA 1: HOSTAL Y JET LAG

Un pocilga. Ese fue el primer rayo de pensamiento que cruzó mi cabeza. Cómo elegí un lugar tan dejado a la mano de Dios, recuerdo que pensé. Se llama Asylum Hostel. Lo único bueno era que había una perra muy dispuesta a siempre ayudarme con mi desayuno y estaba al lado de la estación King Cross. Mi pieza era de 8 personas. Solo dos éramos mujeres. Todos eran alemanes menos un filipino-canadiense que me extendía la mano cada vez que tenía que bajar de mi camarote, lo que debo admitir hago con muy poca gracia. Supuse que ese huevito quería sal, pero esa historia viene unos párrafos después.

Jet lag es una palabra “grandiosa”. A quién no le gusta volver de un viaje y dormir una siesta porque “ay, es que el jet lag”. Ver series hasta tarde porque “no se me pasa el jet lag” o dormirse a las 20 horas porque “feo, jet lag, feo”. Admito, quizás usé esa palabra un par de veces, pero ahora reconozco que mentí en cada mención. Hoy día sé que jamás había vivido el jet lag. Era un estado desconocido para mi. Y es una mierda. No se le puede extraer ni una gota de orgullo a ese concepto. Es estar en otra dimensión, donde todo pasa frente a tus ojos, pero tu estás tan cansado que toda experiencia resbala. Mi batalla comenzaba a las 5pm. Me obligué a nunca dormir antes de las 22, hora en la que me desmayé los primeros 4 días. 5am mis ojos se abrían. El cansancio desaparecía…y así me transformé en la extraña chilena que se acostaba a las 22 y empezaba a hacer ruido a las 5am. La roomate ideal.

DÍA 2: TRÁMITES Y AVENTURAS

#TIP1: Abrir cuenta en el Commonwealth Bank desde tu país. Pides la tarjeta, seleccionas una sucursal y la vas a buscar cuando llegas.

#TIP2: Hacer cursos (RSA, RGS, etc) desde tu país. Te ahorras un día de completar ese aburrido y muy largo formulario.

#TIP4: Se eficiente, trae tu CV listo (ejem, traducido).

#TIP 5: No cambies dinero en el aeropuerto, ni en el banco. Anda a la casa de cambio Travel Money. No te cobran recargo. Yo traje todo en efectivo, lo cambié y lo deposité en mi cuenta.

#TIP 6: Me desesperé, sí. En el aeropuerto compré el primer chip que encontré con la compañía Lebara (¿?). Me costó 40 dólares. Lo único que quería era tener un número, pero pagué un prepago. En el hostal tenían un chip por 2 dólares. Paciencia es la madre de la ciencia, dicen.

#TIP 8: Vean si su hostal tiene convenio con shuttles. Irse en el tren al centro con unos 18 dólares. El shuttle me costó 16.

DÍA 3: LIBRE SOY

Mío. Totalmente mío. Ese día me pertenecía. Tres días en Sydney y mis ojos aún no habían absorbido la construcción más clásica, popular y hermosa: la Casa Ópera. Con el filipino habíamos conversado de ir a turistear juntos, a si que le dije que iba a hacer un tour gratis (www.imfree.com.au) por el centro de la ciudad. Debí haber sospechado que sus intenciones eran serias cuando insistió en abrazarme durante las 3 horas de caminata. Su cara me intrigaba pues es de esas facciones curiosas que no revelan la edad. De hecho tenía 40 años, pero podría haber tenido entre 25 a 50. Pasamos todo el día juntos. Luego del tour almorzamos y a él se le ocurrió subir el Harbour Bridge. Se puede pagar por subir a la cima, a 134 metros, con un grupo ($250) y ver el atardecer, o subir por unas de las torres y llegas al acceso peatonal o directamente subir un par considerable de escaleras, cruzarlo y llegar hasta la parte norte de Sydney. Mi consejo es hacerlo una hora antes del atardecer, llévense algún tentempié y vean como el sol se va y las luces de la Casa Ópera y el puente se prenden desde el otro lado. Es como estar en una película romántica. Y allí estaba con el filipino, que seguía abrazándome. Recuerdo que pensé “¿y si cierro mis ojos y pienso que es Ryan Gosling?”. Igual no me resultó.

DÍA 4: MANLY

Los domingos todo el transporte público en Sydney cobra máximo $2.65AUD. ¿Querías descansar? ¿Actualizarte con tu serie preferida? ¿Acurrucarte con tu amor de viaje? ¡NO! el domingo tienes que armarte de energía y  EXPRIMIRLE TODO EL JUGO A LA OPAL (tarjeta que se usa en todos los transportes públicos de Sydney: bus, ferry y tranvía). Manly es una zona playera que está a 30 minutos de Sydney en ferry. Justo el día que elegí iba a haber una competencia de gente nadando con ropas chistosas en distintos flotadores. “Inflatable Boat Race”, se llama y solo lo hacen un par de veces al año. Madrugué, desayuné, navegué en el ferry y todas mis expectativas se fueron al tarrito de la basura: el día estaba nublado, con muchas intenciones de lluvia y casi nadie compitió. Imaginé que el lugar en un día soleado debe ser una playa de esas para instalarse todo el día. Pero como tuve mala suerte me la turné entre caminar y encerrarme en las cafeterías cuando la lluvia se ponía agresiva. Me compré unos scones -que en mi vida había probado- y una cidra de manzana, me instalé en la playa, leí y huí despavorida cuando el nivel de lluvia me dejó peor que Yeti mojado.

DÍA 5: Y TODOS QUERÍAMOS SER BARISTAS

¡Un expreso! ¡Capuchino con leche de soja! ¡Flat white sin lactosa!. Uf. El sueño. Venir a Australia y ser barista. Saber todo del café, de su olor, textura, acidez. Ir a concursos y hacer dinosaurios en la espuma de leche. Como dice la canción, qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada. Me inscribí en un curso de 4 horas y pensé: “esto me abrirá las puertas”. Solo decir que voy casi en mi tercer mes acá, y el único café que he preparado es el instantáneo que compré en oferta por $6 AUD en el Coles. Igual la pasé bien haciendo el curso y no pierdo la esperanza de algún día, tal vez, lograr hacer un perfecto latte y que me paguen por ello.

Olvidé mencionar que llegué en pleno año nuevo chino, asunto que ignoraba. Pensé que Sydney siempre estaba decorada con luces, dragones y perros gigantes. Por eso me pareció extraño ver un perro multicolor en plena entrada de la Casa Ópera, siendo que en fotos jamás había aparecido. Después me explicaron que era el año del perro y por eso todo estaba tapizado en adorables Shih Tzu. Y yo que pensé que era un curioso fetiche australiano.

DÍA 6: EN PIEL AUSTRALIANA

Bondi Beach. Puede que no hayas visto dónde queda Australia en un mapa. Que ni sepas que allá hablan inglés. Puede que tu conocimiento sea de un 1%, pero te aseguro que Bondi Beach te suena conocido. Al menos entre latinos, es la playa ícono, esa que todos idolatran (u odian porque todos la aman). Es un MUST. Para mí, al menos, lo era. Escuché por meses sobre ese paradisiaco lugar, donde los surfistas y los locos por el sol se unen. Me preparé un pan para almorzar, tomé el bus y partí a ver el emblema. Y qué puedo decir, merece ser emblema. Es una playa grande, rica arena y lo mejor, lo que más me volvió loca fue la caminata de casi 6km que uno puede hacer hasta Coogee. Para mi es un imperdible. Las distintas playas y piscinas que se ven me enamoraron, especialmente porque no había visto nada así en mi vida. Tenía mis ojos vírgenes de Australia aún. Hay una parte del camino en la que incluso atraviesas un cementerio. De día es exótico, de noche no lo hago ni aunque me paguen. Caminé por casi dos horas y mi error fue olvidar usar bloqueador solar. Un error seriamente castigado acá. Desde este día mi color de piel empezó a cambiar y estoy más latina que nunca. La gente ni recuerda que solía ser blanca.

DÍA 7: ALGO DE CHINA

Informándome leí muchos datos de qué hacer. Que ir al Jardín Botánico, que visitar el Victoria Building, que tomar algo en King Cross, pero pocas veces encontré algo que para mi es mi #TOP3: Ir al Fish Market. Aclararé que amo el marisco, el pescado, todo lo que salga del mar, por ende no quise dormir en los laureles con este panorama. Como cerraba a las 3, fui a las 2 y fue la mejor decisión porque cuando se acerca el cierre, ¡empiezan a rematar todo!. La cantidad de productos es increíble, me volví loca, quería comprar todo y cocinarlo hasta morir, pero tenía un vuelo en la mañana siguiente y no iba a alcanzar a hacerme bufé con todo lo que hubiese querido. Me compré sushi, pulpo frito y algo con caviar (creo). Salí a la terraza a comer bajo la atenta mirada de las gaviotas, que hasta ahora han sido los seres más acosadores de Australia. En serio, son un peligro. No comas algo rico frente a ellas. Nunca.

Como me gusta vitrinear, quise rematar el día yendo al Barrio Chino. Ya se sabe que siempre hay uno, en todos lados, más en Australia donde está lleno de chinos. Llegué a un shopping enorme donde vendían un montón de tonteras e incluso me topé con cabinas de karaoke porque…¿a uno siempre que compra le dan ganas de cantar?. Ese día vi a tanta gente tomando una especie de leche con pelotitas que cuando entré a la calle principal del barrio y vi que había tienda tras tiendas con esto, me arriesgué y pedí una. Básicamente es un té. Bubble tea. Y las pelotas son tapioca. Como era mi primera vez obvio que googlié que clase de cosa estaba ingiriendo y primero, contrario a lo que pensé, no era un té nada de saludable. Es más, muchos artículos decían que si no sabías dónde consumirlo, terminabas tomando un líquido echo de cosas fantásticas aptas solo para el estómago de adolescentes con cuatro riñones. Además, era pura azúcar, cosa que yo estaba evitando por mi resistencia a la insulina. Pero en fin, fue refrescante, probé algo nuevo que no tiene nada de típico de Australia y me dio las energías para caminar la media hora hacia el hostal, donde me esperaban mis 55 kilos de equipaje esparcidos por la pieza, listo para ser acomodado para la nueva aventura que me esperaba al día siguiente, donde según yo, todo iba a realmente comenzar: la ciudad de Cairns.

 

PD: la almohada de perro me la traje desde Chile. Y sí, tengo un problema de equipaje.

 

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