Viajo sola y déjenme en paz

Cada día leo más artículos sobre viajar solo. Mejor dicho, viajar SOLAS. Mujeres SOLAS. Nos inspiramos, nos invitamos, nos aconsejamos en los grupos en Facebook, por el WhatsApp, cara a cara. En un momento pensé: “Bueno ya está. Ya no es tema. Se volvió algo normal”.

Error.

Me pasó algo que me despertó. Algo que me recordó que no porque yo lea cientos de blogs sobre el tema, quiere decir que en el mundo ajeno se haya vuelto una cotidianeidad. Que lo acepten. Que no duden. Que lo aprecien. Que lo envidien. Que lo incentiven.

Hace poco más de un mes ya que estoy organizando mi mochila para recorrer. Moverme. Conocer. Sorprenderme. Básicamente las razones que amo y me motivan una y otra vez a salir de mi zona de confort, no establecerme y vivir con este futuro tapado en neblina. Viajar largo es instalarse. Es buscar un país, procesar una visa, hacer vida en otro lugar , buscar trabajo, ahorrar y cuando se quiera y pueda, partir. Poner pie, por fin, en esos destinos con los que soñaste. En esos que quizás ni pensaste que querrías, se instalaron y no pudiste dejar de pensar en ellos. Los países son amores. Grandes, pequeños, pasajeros, largos, fríos, cálidos, locos, serios.

Mi cabeza se llena de planes y vuela, lejos, bien lejos.

Pero siempre alguien te aterriza.

“¿Y viajas sola?” “¿Por qué?” “¿No tienes pareja?” (o la peor) “¿Tu pareja te deja?”. Después de los 20 no, entonces uno pasa a ser víctima de algo misterioso de lo que huye. Una prófuga de la verdad de su tierra, de sus raíces, de su rutina. Porque ser mujer y viajar sola tiene que ser un “Comer, Amar, Rezar” o “Alma Salvaje”. Un búsqueda de una misma porque claro, una no tiene idea de dónde está parada. Respeto esto. Viajar puede ser salvador. Y claro que una se conoce y se pone a prueba. Pero no es mi motivo.

Apuesto que hay ciento, miles y millones que lo hacen porque –y espero explicarlo bien– nada se le compara.

Nada.

Marruecos es mi lugar. Ese que elegí (o me eligió) para recorrer sola. Solo tengo un pasaje a Fez. Un mes sin planes. Un destino y miles de caminos. Un mes donde yo, mi cabeza, mi corazón, mi presupuesto, mis ganas, mis ansias y mis temores se encontrarán y debatirán. Un mes de posibilidades. De poder sumarme y ver la mezquita con esa tímida chica japonesa. De dormir bajo las estrellas en pleno desierto acompañada de 10 desconocidos con los que recién compartí un té cuyo sabor quién sabe si volveré a encontrar. A decir no, hoy no tengo ganas, hoy quiero leer cuatro, cinco, seis horas en la banca de ese parque sin gente. A saltarme ese tour que te recoge a las 5 am. A tomar ese tour que te recoge a las 5 am. A sonreír y hablar a quien me de la gana, cuando me de la gana. Quiero estar una hora peleando con un marroquí sobre el precio de ese pañuelo rosado, porque me gusta pedir rebajas y no me da vergüenza. Quiero poder decir “ya, voy”, sin restricciones si me cae bien alguien y me invita a un plato de cuscús en ese restorán que crucé 7 veces, pero que jamás vi. Quiero poder irme, dejar todo, sin explicarle a nadie que otra cosa me llamó la atención.

Un día, una noche sola en casa es algo mágico. Imagínense tener todo un país.

Hace poco recibí un mail de mi papá: “Tu mamá te quiere acompañar a Marruecos. Ve qué pasajes hay y coordinamos”.

¿Ah?

¿Ah?

Un hombre. Un hombre secreto. Ese debe ser el único motivo por el que no quiero que mi mamá, creadora de mi humanidad, vaya conmigo. No porque quiera improvisar, estar a mi ritmo, ser la reina y señora de todas mis posibilidades. No. Un hombre.

Sé que hay personas que creen que viajar es resultado de una mala organización, falta de compañía o un desarrollo extraño del destino. Algo que se dio. No algo que se buscó.

Viajar sola es algo que todas deberíamos buscar. No para demostrar que podemos, que somos fuertes, que sobrevivimos en tierras ajenas, que podemos cargar una mochila con 60L en un camino empinado (esto yo no puedo, por ejemplo). Si no porque no hay nada mejor. Nada que te haga vibrar más. Que te haga soñar, pensar y crear. Y es que viajar sola, para mi, es esa sensación recibir ese viento de invierno, bien frío, en la cara. Me despierta, me enciente, me hace tiritar.

Y es que hay tanto que encontrar.

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