Mi bella, loca y estúpida Praga

Estoy aburrida de escuchar “es que es la ciudad más linda de Europa”, “es que acá está la mejor cerveza”, “es que te vas a enamorar de este lugar”, “es patrimonio de la UNESCO”. Parece que todo es lindo, todo es encantador y todo es patrimonio. Y Praga tiene la mitad de la sección en esta librería. Es como ese hombre encantador, sabroso, que ha sido probado una, otra y otra vez. El “viajero” actual trata de huir de este tipo de destinos porque está lleno de “turistas” (como si uno no lo fuera). Persigue esa colina abandonada que no aparece en TripAdvisor, que no tiene souvenirs ni selfie stick. Praga es el némesis de lo exclusivo, único, nuevo.

Y a quién le importa.

A Praga la vería mil veces más.

Es una ciudad que hay que vivirla desde muchas posiciones. Je. Ya saben. Con amigos, familia, sola, la pareja…yo la fui a vivir con familia y me recibió dulce, acalorada y bien presentada. Ya saben, como cuando el novio viene por primera vez a la casa de los papás peinadito, aromático, decente. Fue como tomarnos de la mano. Al irme prometí volver y lo cumplí, sola. Lista para esta otra cara que quisiera mostrarme. Y les juro que sentí que me estaba esperando, como si nos hubiésemos mandado cartas todo este tiempo (ay! que me puse romántica).

Me bajé del Flixbus (buses muy baratos, datito) sonriendo, feliz, con el pecho lleno de entusiasmo y mis dos mochilas a cuestas. En el mundo ideal habría averiguado qué metro me servía para llegar al hostal (que estaba a solo cuatro estaciones), dejado mis bolsos y llegado a tiempo al tour gratis de Sanderman que tenía agendado a las 14 hrs. Pero claro que no averigüé nada, “si caminando llego” pensé, y caminando llegué…a calles estrechas, a dar vueltas en círculos porque pucha que es difícil leer el GPS de una ciudad laberíntica como Praga. En un momento el centro estaba a dos cuadras, en otro estaba a diez. Y zas, de pronto estaba frente a una pareja española que peleaba porque cómo era posible que estuviesen allí, a punto de hacer el tour, y ella ya no quisiera hacerlo, si para eso habían caminado esos miles de minutos. El hombre se fue, enojado, y la mujer lo siguió, entre arrepentida y también enojada. Mirando este espectáculo estaba el que sería mi guía, Anónimo (no recuerdo el nombre). Le pregunté si alcanzaba a dejar las cosas en mi hostal, le mostré en el mapa la ubicación y me dijo “quizás, si eres maratonista profesional”. Resignada, no encontré nada mejor que sumarme más equipaje para las 3 horas de caminata que se venían, y compré un Trdelník.

Aquí haré un paréntesis.

Trdelník. Trataré de hacerle justicia con esta descripción: la primera vez que lo probé, lloré. Su helado, de cremosa vainilla, es la combinación ideal para su cono de masa tipo factura azucarada. El cono tradicional, crujiente, resistente, es rico, sí, pero este este es esponjoso y al masticarlo se sienten los pequeños cuadraditos de azúcar. El helado es fundamental: huyan de esos que ofrecen una vainilla más amarillenta. Es desabrido. Opten por esos locales dedicados a hacerlos, donde puedes ver la masa cocinándose en esos palos cilíndricos que le dan la forma. Si les gusta el chocolate, arriésguese a ponerle helado de chocolate. Pero coman el original primero, el más simple. El paraíso, a tan solo 5 euros de distancia.

Yo comí 3.

Así son los locales que sirven los mejores Trdelník

Fuera paréntesis.

He tenido buenas experiencias con los tour gratuitos. Me gusta llegar y hacerlos al tiro, así me hago una idea de la ciudad. No tenía idea de la historia de Praga…y tampoco supe mucho luego de 3 horas de la clase de historia más detallada de mi vida. Quizás por eso no recuerdo el nombre del guía. Mi mente se niega a embestirse de información. El tipo se había venido a Praga luego de estudiar música en España, buscando oportunidades. Contó que estuvo un tiempo en el aire, sobreviviendo hasta que se iluminó, se acordó que le gustaba la historia, hizo unos cursos y se metió a guía, con la idea de hacerlo como part time y poder enfocarse en sus partituras. “Ya llevo 5 años en esto, de música nada, pero amo esta ciudad”, nos dijo, con una sonrisa media torcida. Así partió el tour y luego todo se volvió confuso, entre los romanos, reyes lanzando gente por las ventanas, relojes que ven la hora, el signo, los astros y las profesiones, arte, arquitectura mezclada, invasión aquí, Sinagoga allá…Anónimo hablaba y hablaba, entregaba nombres, fechas, datos, más fechas, información desde antes de Cristo y mi mente volaba, entre qué quería hacer más rato, que cuánto saldría un café, que si me atrevo a probar la comida típica porque la vez pasada no quise, que cómo sería vivir trabajando en esto, repitiendo el mismo discurso todos los días, viendo la cara de la gente, sonreír y ser elocuente a pesar de los bostezos, de las caras de hastío o de los preguntones. Le dejé 10 euros, pero porque me ayudó con la mochila y me recomendó a qué Teatro Negro ir. Él no tenía la culpa de mi falta de atención. Aunque en verdad sí.

Poquita gentePor aquí caminó Mozart...

Cuando comí el Svíckova me sorprendí. No le tenía fe a la comida checa. Pasaba por los restoranes y veía fotos de unos platos de carne, bañados en salsa y 4 pedazos de pan blanco enorme. ¿Pan con salsa y carne?. Cero mi estilo, pero tenía solo una hora para almorzar-comer antes de que comenzara el show de Teatro Negro que compré (22 euros o 580 coronas checas). Elegí ir al Black light Theatre (en la calle Na Príkope 10) ya que el guía me dijo que si bien no era con rayos láser o luces mega modernas como Alicia en el País de las Maravillas u otras obras más tecnológicas, esta era la primera, la original y bueno, ya estaba allí. El restorán donde comí el Svíckova estaba al fondo del pasillo del teatro. Estaba entre eso o pedir el pato, pero la mesera me dijo que el último demoraba más y yo quería comer y tomarme una cerveza  sin apuro. Cinco minutos sentada y ya tenía toda mi comida. La carne tenía tanta salsa que ni sabía a carne (lo que a mi me gusta mucho), la salsa era dulce y el “pan” -que se llama knedlíky– que no es pan, es como pan-papa, es perfecto para untar y untar por horas y horas. Tuve mi hora gastronómica feliz, y mi hora y media de cultura con peces voladores, caballos, colores fosforescentes y actores haciendo mímicas. 

No lo menosprecien. Es delicioso.Pilsen. La cerveza típica. Rica, suave, como me gusta.Ahora vamos a la parte del viaje donde la realidad supera las expectativas. Cuando terminó el teatro -que deben ver solo si les gusta el teatro, y como consejo coman uno de esos chocolates con cositas verdes que venden en las tiendas de allí, lo hará todo mucho más mágico y loco- me fui a mi hostal agotada, lista para dormir y darlo todo al día siguiente. Entre traslados me había despertado a las 5 am y mi batería estaba en un 4%. Cuando se va a otro país el sueño y cansancio son el enemigo. Qué ganas dan de estar atento y receptivo las 24 horas, pero eso no pasa, y no hay nada peor que caminar por horas y horas con los ojos rojos, llorosos y palpitando. Tomé el ascensor (así de cansada), salí, dos metros de mi pieza y aparecen Ori y Gaby, dos argentinas con las que había hecho el tour en la tarde. Conversamos un rato, ellas dijeron que iban por unas cervezas. Yo les dije que estaba agotada, y estábamos justo en ese segundo donde o me sumaba o me despedía cuando apareció un alemán y nos vio a las tres conversando en español. Él sabía español y nos habló. Nos dijo que abajo tenía 2 amigos esperando y que iban a ir a un bar secreto que uno de ellos, que había vivido 2 años en Praga, conocía.

¿Bar secreto con guapos alemanes y animadas argentinas u 8 horas de sueño reparador?

Dormir, te debo otra vida.

Upa, chalupa.

Todos muy compuestos aún

Llamaremos a los alemanes A, B y C. El que vivió 2 años en Praga es B, el que nos trajo es C y el amigo de la infancia es A. B aseguró que pocas personas sabían sobre este misterioso bar, que solo los checos iban y que era súper underground. Lo mejor es que quedaba cerca del hostal, en Narodni 11. Faltaba media cuadra y ya había una “súper secreta” fila. Dentro de las cosas inútiles que traje (porque no la ojeé, ni saqué nunca) fue una lista con los mejores bares que El Viajero del El País había recomendado. Era el tercero de los cinco reseñados. Claramente el secreto del bar, Vzorkovna, había sido develado.
Pero insisto, yo soy de otra idea, para mi las cosas con fila vale la pena. Ahora lo bueno es que la fila era de puros checos y uno que otro infiltrado como nosotros. El sistema para entrar es así: uno da plata -aquí la embarré porque no tenía corona checa, solo euro, y me lo castigaron peor que bruja en edad media- en mi caso 10 euros, que me lo traspasaron a unas 260 coronas checas a una pulsera. Toda mi plata estaba en mi mano. Después se hace (otra) fila para comprar la cerveza, el vino, té, café o un jugo burbujeante rosado que no quise probar y te van descontando con tu súper chic pulsera. Cada traguito salía unas 30 o 40 coronas. O sea menos de 2 euros. Por esos bares así vale la pena vivir.
El lugar cumplía con todos los requisitos de “bar secreto”, largas escaleras al bajar, luz lúgubre, paredes rayadas con los nombres o pensamientos del mundo, mesas de taberna, gente parada, gente sobre las vigas del techo, gente fumando cosas entretenidas, música alternativa en vivo y lo mejor, un perro gigante. El perro es tan popular que el bar también es conocido como el bar del perro. Es enorme. Enorme. Enorme. Esa es su casa y se pasea como quiere, y todos los acarician o lo abrazan y él, rey, se deja amar. El pobre tenía mis brazos en su cuello apenas puse pie en el antro. Ni me miró.

El día siguiente me pegó fuerte. Estuve como 15 minutos tratando de bajar del camarote. Los odio. Después del bar fuimos a una fiesta con pura música de los 80 o 90. Lejos, la mejor fiesta de mi vida. Como dicen, lo di todo. Mi ropa estaba lista para ser incinerada. Pero ahora tenía frente a mi un soleado día, una ciudad lista para ser recorrida de pies a cabeza y mi mente solo pensaba en agua y dormir. Dormir, dormir. Dormir solo 4 horas en 2 días no es aconsejable, y es por eso que mi segundo día en Praga es un poco borroso y bastante leeeeeento. En pocas palabras fue así: nos juntamos con Ori y Gaby en el check out, buscamos El Mercado para ir a comprar souvenirs, nos detuvimos a comer otro Trdelník, nos repetimos 6 veces “vamos” para lograr pararnos y seguir el rumbo, arrastramos los pies hasta el Puente Carlos y nos dejamos llevar por la marea de gente hasta Malá Strana, nos perdimos y pedimos ayuda para llegar el Muro de Lennon, que estaba al lado de la salida del puente, nos sentamos y nos tomó 5 “vamos” volver a pararnos, vimos cómo grababan lo que asumimos era una película checa (y quizás salimos un poco en el fondo), caminamos por el borde del Moldava y buscamos un restorán rico, bueno, pero barato para comer. Buscamos, buscamos. Miramos los menú de 8 restaurantes. Cruzamos de nuevo el Puente a Ciudad Vieja. Descansamos, y nos tomó 4 “vamos” volver a movernos. Terminamos en el restorán que estaba al lado del Teatro Negro que había ido ayer. Nos tomó 3 “vamos” regresar al hostal. Vagabundeamos una hora en el hostal y soñamos con Flixbus y sus asientos como no lo hicimos con ningún hombre. Fuimos a recepción a preguntar el nombre de los alemanes ayer. Ninguna se acordaba. Cualquiera pensaría que sumar 3 hombres y 3 mujeres es una fiesta ya escrita pero no, ni el Facebook nos pidieron. A si que nos tocó ser psicópatas a nosotras. Lo sabíamos y el de recepción también lo sabía, pero igual nos dio los nombres. Segundos después aparecieron nuestros amigos A, B y C que claro, no sospechaban que 1 minuto antes habíamos quebrantado su privacidad. Nos despedimos. Ellos tenían reserva para comer, Ori y Gaby un bus a Venecia y yo un bus a Nuremberg que tomar. Nos tomó 2 “vamos” irnos a Hlavni Nádrazí, la estación de trenes.

Mi cuerpo no aguantó másAsí veía todo, borroso.Cosas bellas

Dos horas después me encontraba de nuevo en el hostal, pagando el doble por una pieza, dejando mis cosas, finalmente, en la litera de abajo y llamando a mi trabajo avisando que iba a llegar un “par de horitas” más tarde. Todo viajero debe perder un bus, un avión, un barco, un amor. A mi me tocó el bus, cuya parada estaba cruzando la Avenida Wilsonova y no a la salida de la estación, donde yo y yo otras 10 personas esperábamos. Maldito mapa de Flixbus. Maldito checo de Informaciones, con su muy mala información. Les tomó un “vamos” a Ori y Gaby correr y cruzar la calle a tomar su bus, que también estaba del otro lado y salió 20 minutos después que el mío.

Lo bueno es que logré ver el Puente Carlos de noche. Me comí mi último Trdelník (no juzguen), y vi las luces del castillo, las que se reflejaban en el agua, las de la ciudad. Pensé que me iba a quedar pendiente ver este puente de noche. Pero Praga quiso que no me dejara en el tintero.

Puente Carlos de noche

 

  • DATOS: Mi hostal se llamaba Equity Point: bueno, bonito, barato. 10 euros la noche cuando reservé por Booking. Mi noche sorpresa me salió el doble. Quedaba a unos 15 minutos caminando del centro, pero al lado del metro y los tranvía. Un ticket sale 24 coronas checas. Un euro son 25 coronas checas. Una comida en un restorán son unas 120 coronas checas. Una cerveza 30 coronas.
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