El que te quiere te aporrea: trabajar en Alemania

Me costó encontrar el título adecuado para este post. Partí con frases tipo: “A golpes se aprende: trabajar en Alemania”, “Una historia de desesperanza: Alemania y el trabajo”, “Working Holiday: tratando de encontrar el Working”. Pero ahora, mientras escribo, siento un brote de esperanza, por ende nació este optimista título.

Contaré mi historia así:

Tenía una copa de vino. Era su segunda. Miró el paisaje desde el noveno piso de su departamento. Alemania estaba próxima en su agenda de destino. Un destino largo. Un año de visa…y después quién sabe. Imaginó llegar, sentir esa adrenalina de pisar un lugar nuevo, una tierra desconocida, gente nueva, interesante, aventuras por todas las esquinas. Sabía que el idioma sería una dificultad, pero estaba feliz de asumirla, después de todo ya llevaba un mes de curso intensivo y un par de clases privadas, ¿qué más podría llegar a necesitar?. Hallo, Danke, Alles gut, Tschüss. Trabajo. Plata. Viajes.

Pobre Anita, no sabía lo que le esperaba.

Anita viene de ciudad. Una ciudad que condensa a casi un tercio de la población de un país llamado Chile. Pero llegó a un pueblo, chico, en el sur de Alemania, de unos 23 mil habitantes, a vivir con su hermano. Como buena periodista, ya tenía experiencia buscando trabajo, pero jamás tuvo que caminar y tocar puertas… hasta que llegó a tierras teutonas, país amante de lo vintage, de lo antiguo. Como el correo. No el electrónico, si no ese con estampillas y un señor llamado cartero.

De taquitos y labial MAC Cremesheen, Anita partió a buscar trabajo, “dispuesta a todo” –o eso decía ella, pero en realidad no quería ser niñera ni limpiar casas–, y, astuta, su primer objetivo fue ojear oportunidades en locales exóticos, donde requirieran nativos como ella (entiéndase, restoranes latinos).

Lamentablemente no tuvo mucha suerte: pocas vacantes, poco alemán, igual cesantía.

Hasta que apareció él. Rafael. Rubio, alto, nombre italiano, sangre alemana. Con señas y toneladas de Denglish (mezcla de alemán con inglés), Anita explicó su situación, y el bello joven, que administraba un restorán italiano, le ofreció trabajo en la cocina, preparando lasañas y pastas. Justamente lo único que nuestra protagonista sabía preparar.

En ese momento se enteró de algo que le traería dolores de cabeza tiempo después: el día de prueba. Así tal cual: un día de trabajo gratis. Bueno, cuatro horas (eso es lo legal al menos). ¿O sea que en un día debes demostrar que sabes hacer bien un trabajo para el cual no se tiene experiencia, no hablas el idioma y básicamente no se sabe qué hacer?. “Démosle”, se dijo a si misma la chiquilla esta, esperando sorprenderse a sí misma.

Pero sus talentos ocultos permanecieron ocultos ya que el día de prueba jamás vio la luz. Pero sí una copa de vino blanco, que fue lo que guapo Rafael le dio al decirle que al no ser estudiante (porque por qué te vienes a Alemania si no es a eso?, dicen algunos), no podía trabajar allí. Tristes, bebieron su refresco alcohólico a las 10.30 am, y Rafael le comentó que un amigo buscaba a una peluquera. Anita justamente había hecho unos cursos de maquillaje en Argentina y otros de peinado en Chile, pero no tenía idea de cómo cortar la puntita de nada. Ay, qué habría sido de ella si hubiese tomado ese curso de corte para viejas. Quizás ahora sería millonaria. Pero no. Continuemos.

Así pasaron los días. Los meses. Obligada –pero ella dirá que por amor a las letras– tomó cursos intensivos de alemán. Conoció gente. Salió de fiesta con amigos. Tomó mucha, pero mucha cerveza. Pero de trabajo ni un atisbo, a pesar de que entró y preguntó en todo restorán o local donde vio algún cartel, alguna señal de que necesitaban a alguien. Pero su alemán no la hacía merecedora ni del ladrido de un perro.

Y llegó el nudo, el clímax, el giro, esa parte que toda película gringa ocurre a los 15 minutos: Anita decidió que al terminar sus clases, se iría a Berlín, a ver si allá el sol, la lluvia, El Muro o lo que sea, le mostraba mejores dientes.

Pero un día cualquiera cotizando habitación con la APP WG-Gesucht (datito), entró a su heladería preferida, y vio el famoso cartel, ese que decía que buscaban a alguien. Quizás a ella. Su corazón se detuvo. Dudó. Dudó. El heladero la miró como “¿vas a comprar o no?” y ella, aunque había decidido irse en dos semanas, preguntó, viendo de nuevo la luz al final del túnel: ¿aún buscas a alguien?.

Y así terminó anotando otro día de prueba en su agenda. Pero con un helado gratis.

Está historia no termina bien. Y Anita debió haber sospechado eso. Pero no nos adelantemos. El día de prueba fue algo así: ir, sonreír, descubrir que hacer una bola de helado no era tan fácil como pensaba, recordar que hace años no había sumado nada en su cabeza, enterarse que su alemán de 3 meses seguía siendo un poco triste, recibir cuestionamientos sobre sus estudios universitarios por no saber sumar pedidos (periodista= cero matemáticas), además de comentarios totalmente nada que ver sobre tener la cara bonita, la mitad del cuerpo para arriba bien, pero que a la parte de abajo necesitaba urgente una dosis de ejercicio.

Aquí todos se preguntarán: ¿Qué mierda?.

Trabajar con italianos no es recomendable.

Pero a pesar del humillante, extraño y para nada exitoso día de prueba, Anita quedó seleccionada. Partiría los fines de semana, y ya en Agosto, 8 horas al día, 6 veces por semana por 1.200 euros (que es lo mínimo cuando se trabaja a tiempo completo). Igual era más que lo que había ganado en Chile trabajando en su rubro, pensó en lo bien que le iría esa plata para poder recorrer luego, y sin dudarlo aceptó, dejando la opción Berlín para el futuro, lejano, pero no tan lejano.

Aunque su autoestima quedó ligeramente mermada luego de dicha prueba, Anita estaba feliz por, finalmente, tener un trabajo. Al fin iba a poder aplicar algo del Working que decía su visa. Además de la posibilidad de mejorar su alemán con la venta diaria. Una bolita de optimismo.

Hasta que…
-“Hola, vine para que aclaremos mi horario de trabajo y quería anotar los ingredientes de las copas de helado para estar preparada el sábado”, dijo Anita, apuntes en mano, cara de soy-demasiado-responsable.
-“Sí, yo te mando un mensaje con tu horario, pero ahora estoy ocupado. Ándate”, le contestó Svirlik -el “jefe”-, acelerado y a un tono de gritar.

Anita esperó. Y esperó. Había cancelado todos sus planes de fin de semana. Esperó hasta el viernes a las 20.42 horas y le escribió al desgracia…digo al “jefe”, “¿a qué hora mañana, entonces?”.

Pero él jamás le contestó.

Está de más mencionar que Anita volvió a la heladería 4 días después. Svirlik estaba allí. Ella lo miró. Él la miró. Anita le mostró el dedo de al medio, se dio media vuelta, y no volvió a pisar ese lugar.

La deriva volvió a protagonizar su destino.

Este podría ser el final de este para nada exitoso capítulo. Esta chiquilla podría haber retomado su plan de ir a Berlín, haber encontrado departamento, trabajo y vida feliz. O podría haber llegado, haber buscado por meses departamento (que era lo más probable), quedarse sin dinero, sufrir un colapso nervioso y haber regresado a su ciudad en Chile, con la cola entre las piernas, a los brazos de unos muy aliviados padres.

Pero ese podría, jamás lo sabremos. Sabemos que Anita se iba el viernes, por una semana, a Hamburgo, antes de partir a Berlín. Pero el teléfono sonó el jueves a eso de las 16 horas. Era una mujer. Le dijo que buscaban a alguien, que habían visto su solicitud y que trajera sus papeles para comenzar a trabajar.

McDonnals, me encanta.

Así fue como un inexplicable milagro ocurrió un día antes de que nuestra protagonista partiera. Horas antes de viajar fue a presentar sus papeles, le dijeron que partiera apenas volviera de su viaje y que no necesitaba día de prueba. Así, tal cual.

Anita ya lleva dos semanas trabajando.
Aún no lo puede creer.

 

Ahora, ¿cómo es trabajar en McDonnals?…próximamente, en otro post.

 

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