Un mes en Alemania: lo bueno, lo rico, lo extraño, lo malo

Un mes ya en tierras teutonas. La verdad si me preguntan por un balance, aún no lo tengo muy claro. Un mes es poco. No me siento “como si hubiese encontrado mi lugar”, pero al menos ya dejé de sentir como que cada paso que doy es sobre cáscaras de huevo.

Lo bueno. Hay algo que, independiente de la experiencia de cada persona, creo que es una verdad irrebatible: acá la cosa es bella, pero bella. Yo estoy en el sur, dicen que es lo más lindo de lo lindo y cada día me impactan más los paisajes, la obsesión por la perfección de los jardines, las casitas de cuento tipo Hansel y Gretel, el olor fresco y casero de las Bäckerei, las calles limpias y la nula contaminación acústica y ambiental. Cada mañana siento como si me hubiesen insertado en un capítulo de Heidi en la pradera.

Lo extraño. Basura. Llegué y el primer minuto creo que ya tenía algo para botar. Y lo que en Chile era tan rápido, instintivo y contaminante, acá es una dimensión con el más sofisticado de los laberintos. Acá fui/soy una niña a la que recién están educando. Me obligaron a mirar qué mierda es esto que quiero tirar, cómo lo tiro, por qué lo tiro. Cada uno ve a qué nivel recicla, pero mínimo hay que separar el papel, el plástico y lo orgánico. De a poco me he ido acostumbrando y obvio que sé que es positivo, necesario, pero no quita que a veces me de flojera comer, comprar algo, recibir algún papel para no tener que ver dónde y cómo lo tiro después. Pero también tengo momentos de iluminación eco-friendly, como cuando corto por la mitad las cápsulas de la máquina del café para separar el contenido del aluminio. Ni en mis fantasías más verdes me vi haciendo algo así.

Lo rico. Vivo en el país de la cerveza pero jamás he sido cervecera. Quería mantener mi postura de “a mi me gusta el vino y la champaña, déjenme ser”, pero ¡CÓMO VAS A LOGRAR ESO CUANDO TE COBRAN 2 VECES MÁS POR UNA COPA DE VINO VS MEDIO LITRO DE CERVEZA, O CUANDO QUIERES AGUA Y TE SIGUE COSTANDO MENOS UNA CERVEZA LINDA, DE VIDRIO, FRÍA Y BURBUJEANTE?. A parte que en festivales es probable que el único líquido que exista, sea ese, en juntas con amigos, ese…en la parada de bus, ese. Ya alcé mi bandera blanca, pero con mis mañas: trato de solo tomar Radler, que es mezcla de cerveza con limonada. Para los alemanes es casi como la bebida para las embarazadas, niños y lactantes. Para mi, lo más rico que ha tocado mis labios.

Lo malo. Aquí me tiré de cabeza a un debate, pero, la comida. Esto no incluye los postres, ni chocolates, que son una aberración divina. Probé las famosas Bratwurst y ya, sí, son ricas…para comer de vez en cuando, una dos veces al mes, la mitad de la porción que sirven y de aperitivo. Para mi no es una comida, entiéndase: esto no es un almuerzo, no es una cena. No, no y no. Además que den un pan con DOS de esas es como “¿tu me quieres infartar, no?”. Después le di una chance a algo que pensé que iba a amar sin dudar: un típico plato llamado Käsespätzle, que son unos fideos con queso y un poco de cebolla frita. ¡Cómo me iba a defraudar!. Me comí el primer bocado, ilusionada cual virgen, y me sentí estafada, cual virgen. Fue un plato muy seco y repetitivo, o sea ni comparación con una salsa de cuatro quesos con fetuccini o ñoquis. Terminé poniéndole tomate de la ensalada. Las miradas no me importaron.

Quiero hacer un bonus para un tema que amo por sobre todas las cosas: los perros. Vengo de una tierra que pareciese engendrar perros vagos, por ende, siempre que salí de mi casa me seguía o topaba con uno. Y yo, perruna, siempre los toqué y abracé, ya fueran de la calle, del vecino, de la Presidenta Bachelet. Así como tocarle las mejillas a hijos de desconocidos no es nada especial, expresarle amor a un can que te mueve la cola es casi un deber. Y yo siempre lo cumplí, hasta ahora, donde me he visto forzada a solo limitarme a mirar con extremo anhelo y ansiedad a ese hermoso, sedoso (pero indiferente) amigo de cuatro patas. Mis visitas en Youtube a videos de animales aumentó en un 600% estas últimas semanas. El otro día ya no me contuve: vi dos labradores sentados en una Biergarten, me paré frente a los dueños (dos señores de edad) y les pregunté con mi mejor alemán: Kann ich…? (puedo…?) e hice un gesto de abrazo “deine Hunde, bitte?” (a su perro, por favor?). Ellos, satisfechos, me dieron chipe libre para cumplir, por fin, mi atormentado deseo.

 

 

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One thought on “Un mes en Alemania: lo bueno, lo rico, lo extraño, lo malo

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  1. Coincido contigo… viví 2 años en Munich y odié la comida jajaja en especial el spätzle. Lo único que me gustaba era el Curryburst. Espero que disfrutes!! Yo lo que más extraños es el transporte y la seguridad.. ah.. y los krapfen !!!!!!!

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