Dachau: eso que el mundo nazi nos dejó

Desconcentrada. Así describo mi primera hora recorriendo el primer campo de concentración que se creó en Alemania, Dachau, a solo una media hora de Munich. La primera vez en un lugar así crea expectativas personales. Te preguntas: ¿y cómo reaccionaré?, ¿sentiré angustia, aunque hayan pasado más de 72 años? ¿sentiré la energía de los que estuvieron allí?.

Al menos yo, esos primeros 60 minutos, solo sentí ansiedad porque quería estar atenta a todo y no perderme nada: lo que decía Borja, el guía, leer los carteles de las fotografías, observar las imágenes, pero sin perder los detalles del lugar, tomar fotos, conversar con el resto del grupo y mirar, mirar, mirar. Mi mente estaba alerta, pero a la vez disparaba para todos lados, y no sabía qué hacer para poder sacar todo lo que me distraía para poder detenerme, respirar y sentir, solo sentir el lugar.

El campo de concentración es hermoso, y no me lo esperaba. Claro, es un memorial y está reconstruido y bien cuidado, pero aún así me sorprendió ver árboles tan verdes, altos y perfectamente alineados. Me sentí bien: el viento refrescó mi cara y escuché pájaros cantar. Yo, libre, con mi cuello rodeado por una bufanda blanca, gruesa, un ticket para moverme a la ciudad que quisiera, y el interior de mi mochila abastecido con un sándwich de jamón, queso crema, un plátano y una manzana. Qué diferentes experiencias se pueden tener en un mismo lugar.

Arbeit macht frei. El trabajo hace libre. Esas son las palabras que reciben al que entra al lugar, ahora y hace 84 años atrás, cuando se construyó en 1933. Es la única entrada y salida. Borja nos dice que ese umbral era un antes y un después. Afuera eras humano. Dentro, no. De las barricadas, 45 en total, no hay ninguna. Solo una recreación donde se pueden ver cómo era el espacio donde dormían y bañaban y cómo fue mutando al comenzar la II guerra, llegando a tener una población de más de 78 mil personas, cuando el máximo debió haber sido 5 mil. Al final solo podían dormir de lado, turnándose entre pies y cabeza para poder caber. 

Nada basta cuando se va visitar un lugar así. Yo opté por ir con un grupo y tener un guía, porque quedarse solo con el audio-guía y las repisas con información es poco. Igual me pasó algo curioso, pero entre más información me daban, más ignorante me sentí y más quería saber. Ahora quiero saberlo todo. No sé si fue por inspiración o porque soy compradora compulsiva, pero al salir pasé a la librería y compré Goethe en Dachau, de Nico Rost, un escritor que fue 2 años prisionero.

Hollín en mi garganta. Eso sentí cuando vi el primer crematorio -eso junto con la cámara de gas son lo único que se mantiene original en el Memorial-, no fue pena, ni ganas de llorar. Apareció una picazón, cómo si aún quedaran cenizas por allí, después de tanto tiempo. Después de más de una hora recorriendo, me shockeó sentir eso. Ya no me lo esperaba. Al pisar la sala de gas no pude evitar imaginar eso que sé y se supone, no debía imaginar.


Borja nos relata cómo era la vida en ese infierno: al sonar un bocinazo, a las 5.15 am, tenían 30 minutos para dejar su litera y barricada limpia, tomar el pan que desayunaban e ir a formarse. Me impresionó saber que el trabajo de la mayoría era en el pueblo, con la gente. Salían y tenían contacto con el resto, con personas libres. A las 18 volvían y debían estar hora y media formados, independiente del clima, independiente del estado físico, esperando uno a uno, ser contados.

De los miles que trataron, solo Hans Beimler logró escapar. La noche previa a su huida, un miembro de la SS le dijo “te quedan 12 horas de vida”, y le enseñó cómo hacer una soga para que se ahorcara. Cuando finalmente logró cruzar a la frontera checa le envió al comandante de Dachau una postal: “bésame el culo”. 

Borja nos dice que escapar suponía el peor castigo. No solo para el que osaba a hacerlo, también para los compañeros. Si uno lo hacía, el resto debía permanecer en formación por horas, lloviera, nevara, hubiese -30 grados. De esa forma se vigilaban entre ellos. “¿Y saben quienes aplicaban los castigos? porque no eran los de la SS”, nos contó Borja. “Los propios prisioneros”. Y aunque le pregunté, el guía prefirió no dar más detalles sobre eso. Solo nos dejó claro que amigos dentro del campo, no hubo.

Fue la única historia de “éxito” que escuché, entre las miles de tragedia repartidas en los 1.206 campos que existieron a lo largo de toda Europa.

De Dachau, solo 144 aún siguen con vida.

 

 

 

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