En pañales por Berlín

Algo tiene Berlín que enamora. Debe ser su mezcla entre una señora sesentona con moño apretado, falda larga, dueña de casa, un marido y cinco hijos, y una veinteañera con pelo corto, rojo, tatuaje, botas largas de cuero, un aborto, con momentos heterosexuales e increíble DJ. Vivir allá es el sueño de muchos.

Llegué solo con imágenes de las principales atracciones en mi cabeza. El resto me lo imaginaba ruidoso, imparable, ridículamente iluminado. Una especie de combinación entre lo apoteósico de Nueva York, pero con mucha construcción antigua, medieval. Y no estaba tan equivocada.

Si vienes a Berlín debes traer monedas. Más si eres mujer. Me habría ahorrado hartos momentos de estrés, humillación y esas inútiles miradas mitad pena, mitad compasión. Ya relataré por qué.

Esta historia parte en un alojamiento sin WiFi (Kolo 77). Así es. Increíble, pero cierto: en una de las metrópolis más populares y “modernas” del mundo, de las más pobladas de Europa, puedes encontrar lugares que no tienen esa sagrada, pero a la vez maldita conexión. Al llegar lo único que sabía de la ciudad era que habían tres cosas que debía ver –y lo sabía solo porque mi profesora de alemán en Chile, antes de irme, hizo una clase explicando qué conocer ya que sabía que en 4 días más iba a caer por aquí– y esas eran la Brandenburger Tor, la Fernseherturm y obvio, El Muro.

La cosa es: descubrir que no había WiFi fue un golpe bajo, bien bajo. Me da vergüenza admitirlo, pero me afectó. Al igual que un porcentaje alto de la humanidad, sufro nomofobia (adicción al celular, es decir, al internet). Pensé que iba a poder planificar todo en el alojamiento, y descubrí una verdad atroz: Internet me da mi capacidad de planificar. No había ninguna especie de recepción a la entrada del Apart Hotel, solo un montón de folletos con paseos, pero ningún mapa o recepcionista que me dijera dónde estaba exactamente parada en esos momentos ¿norte, sur, este, oeste? ¿qué transporte tengo cerca? ¿cuál es la distancia del centro? ¿hakunna o matata?. Colapsé, sí, pero fue un impasse momentáneo que me hizo ver lo enferma y dependiente que soy de poder cargar un mapa o no en mi celular.

Felizmente después de toda tormenta, viene la calma. Mi mente se despejó y concluí que mañana caminaría por las calles hasta encontrar a cualquier ser humano para preguntarle con mi denglish (deutsch-english) dónde estaba parada.

Entré al primer Mini Market que encontré y una chica, muy dispuesta, me hizo un mapita con las estaciones que debía tomar y lo único que quedó en mi cabeza fue: “Llegar a AlexanderPlatz” y “sigue derecho”. Así llegué a un Tram (“Wo ist der Trump?”, pregunté las primeras 15 veces), que son los tranvía, y le mostré mi mapa a otro señor que me dijo “Hier, hier”, apuntando al Tram que acababa de abrirse frente a nosotros. Me subí y recordé que no había pagado. Temí ser descubierta por un inspector y ser enviada a Guantánamo.
Pregunté y me señalaron un máquina que tenía, a mis ojos, ciento, no, millones de opciones. A si que me dio pánico y me bajé en la siguiente estación. O sea, anduve una parada en el famoso Tram. Detuve a otro pobre desgraciado y le dije “AlexanderPlatz, bitte”, y me mandó a mi primer U-Bahn, que es El Metro-Subte-Subway-etc, allí recordé lo que me salvó la vida el resto del viaje: todos los U-Bahn son zona de Wifi gratis. Hermoso. Descargué la vida entera en app de localización (lejos lo que más me sirvió fue GoogleMaps y DB Navigator). Fui a pagar un ticket y emprendí, por fin, la ruta hacia los placeres turísticos.

Claro que si bien había pagado el ticket, no lo había “validado”, por lo tanto si un inspector me lo pedía, me mandaban a Guantánamo igual. Pero en ese momento desconocía eso, a si que recorrí feliz con mi ignorancia a cuestas.

AlexanderPlatz fue mi punto de partida. Caminé y caminé. Vi a un vendedor de Pretzel (llamados Laugenfreude) recogiendo su mercancía del suelo por culpa de un niño distraído frente al Domo, me tomé una foto con un grupo de israelíes que andaban haciéndose los simpáticos por allí, traté de hacer una selfie decente en la Isla de los Museos, esperé a que dejara de chispear bajo la Brandenburger Tor y observé Berlín desde las alturas en la Fernsehturm.

 

 

 

 

 

 

Mi trauma más grande ocurrió en mi segundo día de paseo, cuando fui a ver la East Side Gallery, lejos lo que más me gustó. Todo iba bien: logré llegar luego de solo 30 minutos de perderme por la U-Bahn, y me abrazó un sol de esos que no solo iluminan todo, también te dan ese calorcito que se necesita para descorchar una cerveza en plena calle, en pleno Muro.

El Muro tiene varias cuadras. Lo puedes caminar en unos quince minutos. Algunas partes de la galería, donde están las pinturas más famosas, tienen una reja. Así disminuyen el toqueteo. Esto al parecer es algo nuevo. Dicen que la comunidad Selfie está indignada porque afecta la calidad de la clásica, tradicional y muy necesaria foto con la obra de Dimitri Vrúbel, donde aparecen los líderes comunistas Leonidas Brezhnev (URSS) y Erich Honecker (RDA) dándose un besito.

Tras las rejas quedaron los besitos

 

Me instalé un rato frente al río Spree con mi cerveza, absorbí sol y emprendí la tediosa búsqueda de Wifi para ver cómo regresar. Pero mi cuerpo quería ir al baño. Mi cuerpo siempre quiere ir al baño y eso me ha traído el 25% de los problemas en este viaje. Pregunté y me dijeron que había un baño público. Un tipo me explicó algo así como que había un baño en mitad de la calle y que era giratorio. Mi mente imaginó algo totalmente tecnológico, chic e hiper moderno con esa descripción y opté por conocer el maravilloso Toilette: después de todo en Alemania todo es limpio, pulcro, renovable y sorprendente, ¿no?.

No.

No.

Ejem. No.

Prometo y juro que me haré un tatuaje con el nombre de la persona que invente alguna pastilla, parche o sistema que nos ayude a las mujeres a ELEGIR cuándo ir al baño. Algo que nos ayude a poder estar horas y horas sin esa necesidad. Soy capaz de ponerme una inyección con tal de no depender de mi inestable, dudosa y poco fiable vejiga.

Efectivamente, había un baño en medio del paso peatonal, frente a la estación donde tenía que tomar mi bus. Todo en orden. Lo primero fue encontrar 0,5€. Malditos y estúpidos 0,5€. Estar en Alemania sin monedas es salir en plena tormenta con ropa de lana: desesperante, humillante y poco práctico. Tickets con monedas, WC con monedas, la felicidad es la moneda. Tenía 1€, y el resto billetes de 5€. Puse el euro y la puerta del baño se abrió. Había un baño, sí. Limpio, no. Infeccioso, sí. He estado en baños poco higiénicos, pero este me superó. Temí por mi vida porque al entrar sentí crujir el suelo, que era una plataforma dividida en dos, poco confiable. Pisé y sentí que era tan endeble que en cualquier momento se abriría por la mitad y me iba a caer a un pozo de caca. Sé que es ridículo, pero en verdad la división era muy dudosa. Traté de no tocar nada, recé para que nadie quisiera entrar y al terminar, huí despavorida. Está de más decir que jamás dio vuelto de mi euro. Y esos fueron los 0,5€ que me faltaron para pagar mi ticket en el Tram, dejándome nuevamente en la deriva, con Guantánamo mirándome en el horizonte.

 

 

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