De verdad me fui

Estoy sentada en el asiento 96 de un tren que va a Núremberg. Antes de eso pasé casi dos horas y media en el asiento 16 A de un avión de Iberia que llegó a Múnich, lugar al cual aterricé después de deambular casi 7 horas en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid, primera parada que tuve tras unas 12 horas de viaje desde Chile en uno de esos asientos donde te hacen “leer” un folleto que debiese dejarte adiestrada en el arte de abrir la compuerta en el caso de que por esas cosas de la vida hubiese un aterrizaje forzoso y uno tuviese chances de salir ileso. A cambio te dan más espacio para tus pies.

Hace cuatro meses decidí venir con la Working Holiday Visa a Alemania. El papeleo es mínimo, pero el desafío titánico: descargué Duolingo, le puse subtítulos alemanes a Gilmore Girls y me metí a aprender alemán. No me atreví a llegar con una maleta lingüística vacía. Tampoco la traje rebosante –o sea la(s) maleta(s) sí, pagué $USD100 de sobrepeso– pero traje lo necesario para que mi cara evolucionara de “terror-no-entiendo-qué-dices-voy-a-llorar” a “terror-no-entiendo-pero-disimularé-y-lloraré-más-rato-sola-en-el-baño”.

Tener un viaje largo en el horizonte es emocionante. Planeas. Lees historias. Googleas fotos. Tu mente está allá soñando, imaginando situaciones, creando aventuras. Piensas una, dos, tres y mil veces todo sobre todo. Pero algo raro pasa y es que en las profundidades de tu ser, no te la crees. Tus planes exhalan de tu boca a todo aquél que pregunte. Sonríes y explicas. Sonríes, explicas. Explicas, explicas y explicas. Y quedan dos semanas y tú no dejas de sonreír y un día, ¡zas!, estás en un tren, asiento 96, después de 24 horas de viaje, a más de 12 mil kilómetros aéreos de distancia de tu país y allí, te la crees.

 La previa a la partida es un pantano de emociones. Todo se vuelve más intenso: la salida con las amigas, la familia, el amor en el estado que sea. A flor de piel están los motivos para irte…y para quedarte. Tu mente está aquí y allá. Puede pasar que se está más pendiente del irse, y no del cómo se va a llegar: de eso se encargará uno en el futuro.

Me fui porque quiero viajar y conocerlo todo. No dejar nada. Meterme en pueblos, en grandes ciudades, dudar y amar hostales, hablar con gente y con mujeres que estén en la misma, escribir sobre ellas, sobre lo que veo, lo que escucho, lo que siento. Cada día pienso en metas distintas y me entusiasmo y mareo. Allí debo recordar el presente: Alemania es mi base, mi empujón, la patita que meto en el agua antes de terminar completamente mojada. Tengo un año aquí y quiero tomarme 365 cervezas, conocer a 365 personas y tener muchas, pero muchas más de 365 historias.

Y la primera parte aquí, en el asiento 96.

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