En esa Cuba que tanto escuché

Viajar es un deseo de todos. Trescientos cuarenta y nueve días trabajando, para lograr los tan ansiados quince días hábiles de libertad, sol, playa, montaña, libro, fiesta, alcohol, reposo. Vacaciones. Elegir dónde es enfrascarse en una aventura: qué lugar va a merecer toda esa plata que ahorré día tras día, noche tras noche y un ocasional fin de semana. El caribe siempre está en la mira. Sus playas, su gente, su fruta, su ritmo. Es de locos no querer ir, pero, PERO, hay un lugar al que no se va. Y al que se va harto al mismo tiempo. Es un destino que produce amor, que produce rechazo. Un destino bipolar. El top ten de unos, el por siempre desechado de otros. Y sí, me refiero a las tierras del popular señor Fidel.


Cuba está en todos. Todos los que han ido -e incluso algunos que no- tienen historia. Cada persona, por muy poco que sepa, tiene algo que decir. Que ten cuidado que roban, que te van a estafar, que conversa pero no creas nada, que qué lata porque vas a ver pura pobreza (porque este es el único país del mundo donde hay pobreza para algunos)…

Antes de ir, leí. Leí blogs, opiniones, artículos. Pero igual me costó hacerme una idea de lo que me iba a encontrar allá. Me imaginé la Habana como una ciudad descuidada, sucia, llena de ruido, música, gente variopinta, opaca. Todo esto iluminado con un sol de esos que calientan de verdad, y con una humedad de esas que todo pelo de mujer repudia. Imaginé un cubano siempre de piel ébano, grueso como un tronco, firme, de mirada dura y con una pupila indignada por todo el sometimiento, sufrimiento y abusos con el que ha sido criado, con el que ha crecido y con el que morirá.

Apenas llegamos con mi amiga, nos recibió algo que no contemplamos: la lluvia, los truenos y los relámpagos. Esa Habana húmeda sí, fue directo a nuestro pelo, pero ese sol agobiante parece que estaba ocupado en algún otro lugar del globo. Entonces allí estábamos, mojadas y con 12 páginas impresas de esos imperdibles e insuperables tips para vivir la experiencia cubana en un 100%.

 

TIP 1# Pasear por el Callejón de Hamel un domingo, porque ese día es el día que hay mambo, locura, bohemia. Tiramos las cosas en nuestro hotel -que quedaba en Miramar, o sea lejos, jamás se queden por allá porque les van a sacar el hígado con los taxis- y partimos. Nos dejó el taxi, nos tomamos una foto en la entrada y ZAS, un cubano, Milenko, se nos puso al frente con su sonrisa blanca, y nos preguntó si sabíamos la onda del lugar. Antes de responder empezó a darnos un pequeño tour, nos explicó que es un lugar donde hacen talleres, ayuda a niños, donde hay arte, diseño, y que allí se juntaban los que practican la santería. Que si veíamos gente vestida entera de blanco es porque son parte de esta especie de religión cuya base son los ritos. Nos condujo a ver las pinturas que tenían, y después nos condujo por unas escaleras a lo que parecía un sótano. Abrió una puerta y, santo remedio, un ola de aire acondicionado nos recibió: allí, en un cuarto pequeño lleno de obras de arte, estaba sentado en un sillón un hombre. Clásica camisa caribeña con manga tres cuartos, piel morena, barba desigual decolorada, pelo ondulado con ligero volumen. Tenía un vaso de algo con ron, olor a ron, pecho descubierto, y tres botones cerca de su estómago sin abrochar. Era Salvador González, padre de toda la pintura y esculturas que le dan la personalidad al Callejón. Cual Sultán, la gente daba vueltas a su alrededor. Nos comentó que iría a Chile a hacer unas cosas en el Metro. Una española se sentó en su regazo. Sonrisa. Selfie. Y nos fuimos de allí con Milenko siempre acompañándonos y comentando, muy casualmente, el precio de las cosas, la ayuda que hacían, y que si queríamos comprar unos CD que a esas alturas eran como la extensión de su mano.

 

Hambre. Hambre. Hambre. Milenko hablaba y quería seguir paseándonos, pero nuestra cabeza ya estaba a un par de calorías de distancia. Y -por supuesto- Milenko nos llevó “al lugar más rico de Cuba”, el Barracón de Hamel. TIP #2. Calentamos motores con un vaso largo de aguardiente, miel y limón. Bilongo (4 CUC) es un trago clásico del Callejón. Acompañamos el refrescante brebaje con unos frijoles, arroz, camarones y el pan calentito con mantequilla más maravilloso que comí. Quiero recalcar que FUE LA COMIDA MÁS ÑAM DEL VIAJE, y un menú alcanza para dos perfectamente (20 CUC).

 

 

 

 

 

 

En medio de todo el goce alimenticio, apareció Alejandro, cuyo físico era todo lo que esperé de un cubano: grande, lo contrario a blanco, sonriente y con ropajes anti moda, quien al saber que éramos chilenas, dijo que por él también corría sangre blanca, azul y roja. Conversamos y la intención de comprar habanos surgió. Él, amoroso, nos dio una increíble noticia: JUSTO ese día, el último fin de semana del mes, era el día donde las “cooperativas” tenían productos -como los habanos- a MITAD de precio. O sea, éramos unas turistas muy afortunadas.

Milenko apareció y vio a Alejandro. Como al parecer no podíamos transitar en solitario esas calles húmedas, ambos nos guiaron a la ganga de los habanos. Tras un par de cuadras, llegamos a un edificio que nada tenía de comercial, y todo de residencial -destartalado, con la ropa colgando, puertas abiertas, espacio reducido- subimos unas escaleras estrechas y lúgubres y cuando mi mente comenzó a ponerse imaginativa, llegamos. Era el piso de un tipo. Un tipo no muy simpático. Tenía un perro también poco simpático. No era un ambiente simpático, pero allí estábamos. En una mesa tenía un par de cajas de habano. Nos dijo que cada una podía sacar 50 del país. Mi amiga, la interesada, olfateó, toqueteó y escuchó lo que había que escuchar sobre el famoso Cohiba y Montecristo. Que el primero lo fumaba Fidel y el segundo el Che. Que son los mejores, que nunca en el mundo mundial íbamos a encontrarlos a tan buen precio. Terminó la locución, y era la hora de comprar. Yo les dije que a mi no me miraran. Miraron a mi amiga. Dijo que ya, pero que no quería ni 50, ni 25, ni 10. Se llevó tres habanos Montecristo (25 CUC). El que vendía nos miró un poco feo. Pero nos fuimos. Milenko nos miró, ofreció por veinteava vez sus CD, y ya a esas alturas había una presión en al aire que me forzó a comprar un CD de “la verdadera música cubana, chica!” (5 CUC). Compramos y PUF, como por arte de magia, desapareció.

Alejandro, en cambio, firme, se quedó con nosotras por misteriosas razones. Dijo que nos quería acompañar a lo que sea que quisiéramos hacer. Fuimos al Buena Vista Social Club (60 CUC) -show de música cubana muy animado, aquí voy a poner el TIP #3-  a comprar entradas para el día siguiente. Cosa que fue GRAVE ERROR, porque al día siguiente el querido Alejandro nos estaba esperando frente a la entrada del show para “tomarse una cosita”. Sus razones, insisto, un misterio.

Teníamos una lista larga que cumplir ese día, a si que estábamos en eso, caminando por calle Obispo TIP #4, cuando leímos en nuestros apuntes que el mojito más barato estaba en el Restorán Europa. Pasamos por allí y efectivamente tomamos el mojito más barato, y el más malo de toda Cuba. Pero los garzones eran tan simpáticos que no nos importó. Además se largó a llover con escándalo, lo que nos retuvo en ese bar sin nada más que hacer. Tomamos el mojito,  daikiri -que es solo de limón-, la cerveza Bucanero, piña colada y la sangría. Básicamente pasamos tres horas catando la coctelería, hasta que por fin el clima nos dejó salir, y como ya era de noche, pescamos un taxi que nos dejó en El Morro, donde vimos el famoso cañonazo de las 21 horas (8 CUC) con las zapatillas empapadas de tanto hoyo inundado que había en ese antiguo fuerte español. PD: me imagino que debe ser lindo ir una noche despejada, o incluso de día, a ver La Habana desde allí TIP #5.

 

 

 

 

 

 

 

 

Y ese fue nuestro primer día en ese país que dicen, es como volver a los años 50.

(Escrito originalmente en mi blog www.momentodecuentos.blogspot.com, 2016)
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