La vida en Buenos Aires

Me dijeron que vivir en Buenos Aires podía llegar a ser romántico. Esa idea de vivir la noche al ritmo de la milonga, despertar con el aire impregnado a bife chorizo y debajo de la cama encontrar esos tacones de punta fina clásicos de un tango. Sí, tus noches pueden ser así…de vez en cuando. Quizás. Llevo más de 180 días aquí y aún no bailo ni una vez tango. Claro que esa fue mi elección, porque lugares para enamorarse de Gardel no faltan.

A mi Buenos Aires me ha mostrado otras cosas.
Paseadores de perro. Nunca vi una ciudad, o nunca me quedé lo suficiente en ella como para verlo, a paseadores de perros tan “profesionales”. Acá de verdad la gente se hace un ingreso considerable paseando a todo tipos de perros. Me ha tocado ver hasta diez perros arrastrando a un pobre flaco por toda Santa Fé. A mi gusto hay mucha “cultura perruna”. No sé qué hizo el gobierno, pero al menos en capital casi no hay perros vagos, y la gente paga por un perro que no es puro, paga por un quiltro. Cada tres cuadras hay una boutique de animales. Y en esos cafés que uno ve en todas las esquinas es hermosamente común ver a alguien leyendo en compañía de su perro. Café, medialuna, libro, perro. Divino.
La librería El Ateneo. Un clásico. No vivo lejos y muchas de las veces que paso por allí, entro. Simplemente por entrar. Sapeo. Toqueteo libros. Miro el techo. El guardia me mira, mira mi sospechosa mochila. Algo tiene, no sé qué. Es como una biblioteca donde puedes hablar y aun así no hay bullicio. Y apuesto que hay gente que debe ir todos los días a leer en las salas de lectura. Porque sí, puedes leer “Las cincuenta Sombras de Grey” sin pagar el libro. Todos los días. Y al fondo, además, tienes una cafetería por si te baja el hambre.
Las calles. Esas malditas calles. Perdón, pero son muy malditas. Recién ahora camino medio mirando para abajo, medio mirando para el frente. Caminar es un arte entre no tropezar con la irregular acera, omitir a los chicos que te dan folletos políticos (que lindo haber venido en año de elecciones), tratar de no enredarte con los paseadores de perros, tener ojo por si estás justo debajo de esas cosas de la calefacción que te chorrean un líquido misterioso mientras pasas con tu chaqueta nueva blanca, y si estás apurado saltar para sortear a los que repentinamente se quedan quietos mirando las botas que hay en las miles de vitrinas. Ahora, la acera es una cosa. La calle es otra. Todavía me hierve la sangre cuando los autos se proclaman prioridad para cruzar en un paso peatonal donde no hay semáforo. Loco, por ley, el PEATON SIEMPRE TIENE PREFERENCIA. Acá, les chupa un huevo, como dicen. Aquí el pobre peatón espera y espera. Mira para ambos lados de la calle (por si además hay ciclovía no te se vaya a escapar el tipo en bicicleta), y si ves que la 152 viene por allá, lejitos, uf, ya, cruzas. Cuantas veces me tiré no más para cruzar y terminé corriendo hacia el otro lado, porque además los autos te ven cruzando y pareciese que aceleraran. Ahora, que ya me tranquilicé, pienso “a donde fueres, haz lo que vieres”. Y espero, paciente, junto al resto de los mortales.
Comprar. Yo soy hija del súper supermercado. Ese supermercado donde compras todo: frutas, verduras, carne, pescado, televisión, ropa, muebles, etc. Era lindo ir a un solo lugar y tener todo. ¿O no?. Las primeras semanas no entendía por qué tenía que ir a tres partes distintas para tener todo lo que necesitaba. En una esquina estaba la verdulería, dos cuadras más allá la carnicería, cruzando la calle un Carrefour, un Coto, un Disco, donde terminabas por comprar el yogurt, cereal, etc. Así se me iba la tarde, una manzana por aquí, pollo por allá…admito, estaba un poco intranquila al comienzo. Pero todo cambió. Curiosa e inexplicablemente le tomé cariño a esto de no tener todo en un mismo lugar. Tiene algo especial eso de ir a un lugar especializado a comprar. No sé por qué, pero siento que lo que compro tiene más amor. Cuando voy por mi semanal bife de chorizo (sí, trato de limitarme y comer una vez por semana) me gusta que corten la carne allí, frente mío. Que me pregunten de qué porte quiero el pedazo (se leyó mal eso). Le digo que lo quiero con menos grasa, qué se yo. Actualmente tengo un lugar donde compro el pan, otro para las verduras y frutas, para mis proteínas, para mi helado, para mi queso y jamón y el mini super donde compro el resto. Mi refrigerador necesita de seis paradas para estar completo. Y me encanta.
(Escrito originalmente en mi blog www.momentodecuentos.blogspot.com, 2015)
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