Aborto: Chile, no eres tú, somos nosotras

Nunca me he embarazado. He tenido sustos. Sustos que persiguen a mis otros sustos. Pero, menos mal, ninguno de esos sustos ha sido real. Por eso he podido hacer lo que he querido con mi vida, y ya voy por mi segundo año viajando. Nunca he tenido que lidiar con tomar una decisión así, pero ¿y qué hubiese sido de mí, si hubiese, como dicen “abierto la piernas”? (porque o sea, tengo casi 28 y obvio que si nunca me he embarazado es porque sigo casta y pura, qué onda) ¿Si hubiese sido “irresponsable”? Porque para ese tema al parecer todos caminan en sobre un firme y bien grueso tejado de fierro.

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Marruecos: Fez a la vena

Desperté a eso de las 4am. Un bicho pertubó mi sueño. Pasaron los minutos y el insecto desapareció, más mi insomnio permaneció conmigo. No quería admitir que estaba nerviosa, pero el cuerpo habla por sí solo. Días atrás ya mi estómago comenzó a dar señales de ansias. Mi corazón tenía momentos en los que parecía querer correr una carrera, y mi cabeza sufría de periodos nebulosos. Hace rato que un viaje no me daba esta avalancha nerviosa de emociones: revisar el pasaporte, chequear las cosas de la mochila, leer hasta la madrugada cómo vestir, con quién hablar, como actuar. Ir a Marruecos fue como recuperar mi virginidad viajera.

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Limpiando baños: el sueño australiano

De rodillas. Fregar aquí. Enjuagar por acá. Raspar el moho de la ducha. Echar el líquido rosado, después el azul, finalizar con el verde. Secar el sudor. Estirar sábana uno, sábana dos, sábana tres. Palmaditas a las almohadas. Correr a la otra habitación. Volver a empezar. Ese, señoras y señores, es un resumen del trabajo que conseguí en esta aventura del sueño australiano.

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Cara a cara con Sydney

Pura luz. Igual me tenté y abrí la ventanilla varias veces durante esas 14 horas de viaje. Quedé ciega por varios minutos y además recibí miradas de odio puro de parte de los pasajeros dormilones. Quizás me lo merecía, quizás no, pero no podía evitarlo: frente a mi estaba la pantalla indicando en qué punto de la ruta estábamos y yo no podía dejar de creer que tal vez, con un poco de suerte, iba a poder ver la Antártica.

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Los temores de una Working Holiday

Una persona feliz. Esas que huelen a descanso. Que ni se le forman arrugas. Que no sabe lo que es una preocupación. Una abeja que se posa de flor en flor engordando día a día con dulce miel. Vive sin responsabilidades, alteraciones, sus ojos están satisfechos de bellos paisajes y siempre conoce nuevos panales. “¡Ay, ya te vas con una de esas visas!”, “¡Que buen año sabático se te viene!”.

¿Te suena algo así?. Te apuesto que estás marcado por el sello de uno de los convenios bilaterales más atractivos del mundo: el de la Working Holiday.

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Lisboa: un golpe de Fado

Día 2. Lisboa tiene siete barrios. Cada uno en cada colina. Poco antes de las 11 am llegamos al Barrio Alto donde teníamos reservado un tour gratuito con Sanderman. Necesitaba mi primera dosis de azúcar, a si que antes de partir las casi 3 horas de caminata, fui a comprar un pastel de nata en “A Padaria Portuguesa”, que después descubrí esa una cadena tipo cafetería donde venden todo tipo de deliciosos pasteles.
Mi idea era probar muchos de estos pastelitos –que son los típicos– para que cuando fuéramos a la pastelería de Belem, lugar que engendró su fama, mi paladar pudiera comparar exitosamente. Cuando a dulces se refiere, exijo perfección.

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Pulpo, colinas y sardinas en Lisboa

Día 1. Pulpo. Un pulpo asado, con un toque de aceite de oliva y papas horneadas. Apenas aterrizamos en el aeropuerto con la Cata –partner en crimen– ambas sabíamos que queríamos comer. Y rápido. Pero Lisboa castiga a aquel que apurado llega a sus tierras. Le pone obstáculos. A veces lluvia, filas, pero siempre, siempre pone interminables e empinadas escaleras o subidas. He allí su apodo, lindo en concepto, terrible en la práctica, “la ciudad de las siete colinas”.

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